Capitulo 22. Cambios resultantes en la vida económica y social
Al substituir por un impuesto único sobre el valor de la tierra los numerosos tributos con que hoy se recaudan los ingresos públicos, las ventajas que se obtendrían aparecerán cada vez más importantes a medida que se examinen.
Abolir los actuales impuestos, cuyas acciones y reacciones entorpecen todos los engranajes del cambio y oprimen todas las formas de la producción, sería como quitarle de encima un peso enorme a un resorte poderoso. Impulsada por nuevas energías, la producción entraría en una nueva vida y el comercio recibiría un estímulo que se sentiría en las más remotas arterias.
El actual sistema tributario obra sobre el cambio como desiertos y montañas artificiales. Hacer pasar las mercancías por una aduana puede costar tanto como hacerles dar la vuelta al mundo. La actual tributación obra sobre la energía, la laboriosidad, la destreza y el ahorro, como una multa impuesta a estas cualidades. Si habéis trabajado con ahínco en construiros una buena casa, mientras yo me he contentado con vivir en una choza, el recaudador de impuestos vendrá ahora cada año para haceros pagar una multa por vuestra energía y actividad, gravándoos más que a mí. Si habéis ahorrado mientras yo malgastaba, os multarán, mientras que a mí me eximirán.
Castigamos con un impuesto al que cubre de grano maduro los campos estériles; multamos al que instala maquinaria y al que deseca un cenagal. Hasta qué punto estos impuestos pesan sobre la producción, sólo lo comprueban quienes han intentado seguirlos a través de sus ramificaciones porque su mayor peso recae en el aumento de los precios. Estos impuestos son, sin duda, semejantes al que el bajá egipcio puso a las palmeras. Si no inducen a talar los árboles, por lo menos disuaden de plantarlos.
La Actividad se Desgrava
Abolir estos impuestos sería quitar a la actividad productora todo el enorme peso de la tributación. La aguja de la costurera y la gran fábrica, el caballo de tiro y la locomotora, la barca de pesca y el buque de vapor, el arado del labriego y las existencias del mercader, quedarían igualmente desgravados.Todos los hombres serían libres para hacer y ahorrar, para comprar y vender, sin ser multados con impuestos ni ser fastidiados por el recaudador. El gobierno, en vez de decir, como ahora, al productor: «Cuanto más aumentes la riqueza general más impuestos pagarás», le diría: «¡Sé tan activo, tan ahorrador, tan emprendedor como quieras y tendrás toda tu plena recompensa¡ No serás multado por hacer crecer dos hojas de pasto donde antes crecía una; no pagarás impuesto por aumentar la riqueza general.»
¿No ganaria la sociedad al negarse a matar la gallina de los huevos de oro, al quitarle el bozal al buey* que trilla el grano, al dejar a la actividad, el ahorro y la destreza su natural recompensa completa e intacta? Pues también para la colectividad hay una recompensa natural. La ley de la sociedad es «cada uno para todos», lo mismo que «todos para cada uno». Nadie puede guardarse para sí el bien que puede hacer, como tampoco puede guardarse el mal. Toda empresa productiva, además de la ganancia del que la lleva a cabo, da indirectamente ventajas a los demás. Si un hombre planta un árbol frutal, su ganancia está en recoger la fruta en su tiempo y sazón. Pero además de esta ganancia, hay otra para toda la colectividad. Otros que no son el dueño se benefician del mayor suministro de fruta; los pájaros que se acogen al árbol vuelan lejos; la lluvia a que coadyuva no cae solamente en su campo; y hasta a los ojos que de lejos lo miran les da una sensación de belleza. Y así ocurre en todo lo demás. La construcción de una casa, una fábrica, un barco o un ferrocarril, benefician a otros, además de los que obtienen las ganancias directas.
Bien puede la sociedad dejar al individuo productor todo lo que le incita a esforzarse; bien puede dejar al trabajador toda la recompensa de su trabajo y al capitalista todo el interés de su capital. Pues cuanto más producen el trabajo y el capital, más aumenta la riqueza conjunta de que todos pueden participar. Y esta ganancia general se expresa de un modo definido y concreto en el valor o renta de la tierra. He aquí un fondo que el Estado puede adquirir, dejando que el trabajo y el capital obtengan íntegras sus propias recompensas.
Se Abren Nuevas Oportunidades
Trasladar al valor o renta de la tierra la carga tributaria que grava la producción y el cambio, no sólo daría nuevo estímulo a la producción de riqueza; abriría nuevas oportunidades. Porque, con este sistema, nadie querría retener tierra sin usarla y la tierra que hoy se niega al uso, en todas partes se ofrecería a la explotación. Y debe recordarse que esto no ocurriría sólo en la tierra agrícola, sino en todas las tierras. La tierra minera se abriría de par en par al uso, lo mismo que la tierra agrícola, y, en el corazón de una ciudad, nadie podría negar la tierra a su uso más provechoso, ni en los suburbios pedir por ella más de lo justificado, en aquel momento, por el uso a que podría destinarse. Quien plantara un huerto, sembrase un campo, edificara una casa o construyese una fábrica, por mucho que le costara, no tendría que pagar más impuesto que si guardara yerma la tierra. El dueño de un solar vacante, por el privilegio de excluir del mismo a los demás mientras él no necesitase usarlo, tendría que pagar lo mismo que su vecino que tiene una hermosa casa en el suyo. Guardar una hilera de ruinosas casuchas sobre una tierra valiosa costaría tanto como si esta tierra estuviese ocupada por un gran hotel o un edificio de grandes almacenes repletos de ricas mercancías.
El precio de venta de la tierra bajaría; la especulación en tierra recibiría un golpe mortal; acaparar tierra ya no daría ganancias. De este modo desaparecería la prima que, dondequiera que el trabajo es más productivo, se ha de pagar antes de poder efectuarlo. El labrador ya no tendría que pagar la mitad de sus caudales o hipotecar muchos años de trabajo, para obtener tierra que cultivar. La compañía que tratase de levantar, una fábrica, no tendría que gastar por el emplazamiento una gran parte de su capital. Y lo que cada año se pagaría al Estado, substituiría todos los impuestos que ahora gravan las mejoras, maquinarias y existencias.
Efecto Sobre el Mercado de Trabajo
Considerad cómo este cambio actuaría sobre el mercado del trabajo. En vez de competir los trabajadores entre sí para conseguir ocupación, reduciendo así los salarios hasta el límite de la mera subsistencia, competirían los patronos para conseguir trabajadores y los salarios subirían la justa ganancia del trabajo. Porque en dicho mercado entraría, para emplear trabajo, el mayor de todos los competidores, cuya demanda de brazos no puede quedar satisfecha hasta que se ha contentado el deseo: la demanda hecha por el trabajo mismo. Los patronos, estimulados por el mayor giro, tendrían que subir los salarios, compitiendo, no sólo contra los demás patronos, sino frente a la aptitud de los trabajadores para establecerse por cuenta propia en las oportunidades naturales abiertas a ellos por el impuesto que impediría monopolizarlas.
Con las oportunidades naturales así ofrecidas libremente al trabajo, con el capital o mejoras exentos de impuestos y con el cambio libre de restricciones, resultaría imposible que, deseando trabajar, los hombres no puedan convertir su trabajo en las cosas que necesitan; cesarían las repetidas crisis que paralizan la actividad; cada rueda de la producción se pondría en marcha; aumentaría el comercio en todas direcciones y aumentaría la riqueza de todos y cada uno. No obstante, por grandes que de este modo nos parezcan, las ventajas de transferir todas las cargas públicas a un impuesto sobre el valor de la tierra, no se puedan apreciar bien hasta que consideremos el resultado en la distribución de la riqueza.
Efectos Sobre los Individuos y las Clases
Mientras avanzara el progreso,
las condiciones de las masas se mejoraría
constantamente. No solo una clase se haría
más rico, sino todo se harían más ricos.
¿Quién puede decir hasta qué infinito poder se elevará la capacidad productiva del trabajo gracias a disposiciones sociales que den a los productores de riqueza la justa proporción de sus ventajas y sus goces? Toda nueva fuerza puesta al servicio del hombre mejoraría la situación de todos. Y de la general inteligencia y actividad mental que dimanaría de este mejoramiento de situación, brotarían nuevos desarrollos de poderes que ahora ni siquiera podemos soñar.
Cuando por primera vez se propone poner todos los impuestos sobre el valor de la tierra y recaudar así la renta, no faltan llamamientos al miedo de los pequeños propietarios rurales y dueños de su vivienda, diciéndoles que se propone robarles su propiedad que tanto les costó adquirir. Pero un momento de reflexión mostrará que aquella proposición es, por sí misma, recomendable a todos aquellos cuyas conveniencias como terratenientes no excedan mucho a sus conveniencias como trabajadores, capitalistas o ambas cosas.
Mirad el caso del artesano, tendero u hombre de carrera que se ha procurado el solar y la casa en que vive y los contempla satisfecho como un sitio de donde su familia no puede ser expulsada en el caso de que él muriese. Aunque tendrá que pagar impuesto por su tierra, quedará libre de impuestos sobre su casa y mejoras, sobre su ajuar y propiedad mobiliaria, sobre lo que él y su familia comen, beben y visten, mientras que sus ingresos aumentarán mucho con el alza de los salarios, la constante ocupación y la mayor actividad de los negocios.
Y lo mismo en el caso del agricultor. Yo no hablo del agricultor que nunca empuña la esteva del arado, sino del que trabaja y posee una pequeña finca que cultiva con la ayuda de sus hijos y quizás de algún asalariado. Ganará mucho al substituirse por un impuesto sobre el valor del suelo todos los impuestos sobre las cosas producidas, porque el primero carga sólo el valor de la tierra, el cual en las comarcas agrícolas es bajo en comparación con el de las capitales y ciudades, que es alto. Hectárea por hectárea, la finca mejorada y cultivada, con sus edificios, cerca, huertos, cosechas y existencias, no tributaría más que una tierra yerma de igual calidad. Porque los impuestos, al recaer solamente sobre el valor de la tierra, gravarían lo mismo la tierra mejorada que la tierra inculta.
En resumen, el agricultor que cultiva su propia tierra es trabajador y capitalista tanto como propietario, y vive de su trabajo y su capital. Su pérdida sería nominal; su ganancia sería real y grande.
Esto también es verdad para los propietarios. Muchos de ellos son trabajadores en algún ramo; y es dificil hallar algún propietario de tierra que no sea también dueño de capital. Quien posee más tierra, suele poseer también más capital; tan cierto es esto, que se suele confundir el amo de tierras con el de capital. A quien le tomase la renta, el impuesto le dejaría los edificios y los diversos bienes «muebles». Le quedaría mucho de qué disfrutar y podría disfrutarlo en una sociedad mucho mejor que la actual. Los únicos que relativamente perderían serían quienes pueden perder mucho sin resultar de veras perjudicados. Y no habría temor a las grandes fortunas, porque cuando cada cual obtiene lo que gana de un modo justo, nadie gana más de lo que es justo. ¿Cuántos hombres hay que ganen honradarnente un millón de dólares?
Simplificación del Gobierno
Desaparecería la gran injusticia que quita la riqueza de manos de los que la producen y la concentra en manos de quienes no producen. Las diferencias que persistiesen serían las naturales, no las artificiales provocadas al negar la igualdad de derechos. La riqueza no sólo aumentaría enormemente; sería distribuida de acuerdo con el grado en que la actividad, la destreza, el saber o la prudencia de cada uno contribuyera al caudal conjunto.
No es posible, sin extenderse demasiado, indicar todos los cambios originados o facilitados por esta reforma que reajustaría los cimientos mismos de la sociedad. Uno de dichos cambios es la gran simplificación que se podría hacer en el gobierno. Recaudar impuestos, evitar y castigar la ocultación, registrar e inspeccionar los ingresos de tantas procedencias diferentes, constituye actualmente una gran parte de la tarea del gobierno. Por esto se ahorraría una inmensa y complicada red de administración gubernamental. El alza de salarios, la aparición de nuevas oportunidades para que todos se ganen fácil y cómodamente la vida, haría disminuir en seguida y pronto eliminaría de la sociedad los ladrones, estafadores y otras clases de criminales que provienen de la desigual distribución de la riqueza. De este modo, la administración de justicia en lo criminal, con todo su aditamiento de guardias, policía secreta, cárceles y penitenciarías, dejaría de absorber tanta fuerza vital y atención de la sociedad. Las funciones legislativa, judicial y ejecutiva del gobierno se simplificarían enormemente. De este modo la sociedad se aproximaría al ideal democrático de Jefferson*.