Capitulo 25. Como puede decaer la civilización moderna
Según la ley que hemos averiguado, las condiciones del progreso son la asociación y la equidad. Desde la época en que, por vez primera, podemos discernir los destellos de la civilización en medio de las tinieblas que siguieron a la caída del Imperio de Occidente*, el desarrollo moderno se ha encaminado hacia la igualdad política y legal; a la abolición de la esclavitud; a la derogación de la servidumbre personal; a la supresión de privilegios hereditarios; a la substitución del gobierno arbitrario por el parlamentario; a la libertad de criterio en cuestiones religiosas; a la más igual seguridad personal y de propiedad de los de clase alta y baja, débiles y fuertes; a la mayor libertad de movimiento y ocupación; de palabra y de imprenta. La historia de la moderna civilización es la historia de los avances en este sentido, de las luchas y triunfos de la libertad personal, política y religiosa. Y la ley general se manifiesta en que, a medida que esta tendencia se ha afirmado, la civilización ha avanzado, mientras que, al reprimir o retrogradar dicha tendencia, la civilización se ha paralizado.
Donde hay algo así como una equitativa distribución de la riqueza, cuanto más democrático sea el gobierno, mejor será éste; pero donde hay una gran desigualdad en la distribución de la riqueza, cuanto más democrático sea el gobierno, peor será éste; porque, aunque una democracia corrompida no puede en sí misma ser peor que una autocracia corrompida, sus efectos sobre el carácter nacional serán peores. Dar el sufragio a vagabundos, a indigentes, a hombres para los cuales la ocasión de trabajar es una dádiva, a hombres que han de mendigar, robar o morirse de hambre, es invocar la destrucción. Poner el poder político en manos de hombres amargados y degradados por la pobreza es como atar teas encendidas a unas zorras y soltarlas entre las mieses, es arrancar los ojos a un Sansón* y ceñir sus brazos a las columnas de la vida nacional.
Para transformar un gobierno republicano en el despotismo más vil y más cruel, no es necesario cambiar la forma de sus instituciones o abandonar la elección popular. Después de César, pasaron siglos antes que el dueño absoluto del mundo romano pretendiese gobernar de otro modo que con la autorización de un Senado que temblaba ante su presencia.
La forma no es nada cuando el espíritu ha desaparecido, y las formas de gobierno popular son las que el espíritu de la libertad abandona más fácilmente. Los extremos se tocan, y un gobierno por sufragio universal e igualdad teórica, en circunstancias que inciten al cambio, puede con la mayor facilidad convertirse en despotismo. Porque allí el despotismo se impone en nombre del pueblo y con el poder del pueblo. Una vez conseguida la única fuente de poder, todo se consigue. No hay clases oprimidas a que recurrir, ni clases privilegiadas que, defendiendo sus derechos, puedan defender los de todos. No queda dique que detenga la inundación, ni altura paro salvarse de ella.
Los azares de la sucesión hereditaria o de la elección por la suerte (el sistema de algunas de las repúblicas de la antigüedad) pueden a veces colocar en el poder al sabio y al justo; pero en una democracia corrompida, la tendencia siempre es dar el poder al peor. La honradez y el patriotismo llevan la carga, triunfa la desaprensión. Los mejores gravitan hacia el fondo, los peores flotan a lo alto y los viles sólo se verán desposeídos por otros más viles. Como que el carácter nacional se ha de asimilar gradualmente, las cualidades con que se gana el poder y, por consiguiente, el respeto, se extiende la opinión desmoralizada que, en el largo transcurso de la historia vemos una y otra vez, transformando razas de hombres libres en razas de esclavos. Un gobierno democrático corrompido, corrompe al fin al pueblo, y cuando el pueblo se degrada no cabe resurrección. La vida ha huido, sólo permanece la carroña: ya sólo falta que el arado del destino la oculte bajo tierra.
Esta transformación del gobierno popular en un despotismo del tipo más vil y más degradante, que irremisiblemente ha de resultar de la desigual distribución de la riqueza, no es cosa de un porvenir remoto. Ha empezado ya y avanza rápidamente ante nuestros ojos. Se vota con más despreocupación; cuesta más despertar al pueblo con la necesidad de reformas y es más difícil llevarlas a cabo; las diferencias políticas dejan de ser diferencias de principios, y las ideas abstractas están perdiendo su poder; los partidos caen bajo la dirección de lo que en el gobierno general serían oligarquías y dictaduras. Todo esto son pruebas de decadencia política.
Las corrientes inferiores de estos tiempos, parecen arrastrarnos de nuevo hacia las antiguas condiciones de que soñábamos habernos librado. El desarrollo de las clases artesanas y comerciantes quebrantó gradualmente el feudalismo cuando había llegado a ser tan completo que los hombres suponían el cielo organizado en forma feudal y atribuían a la primera y la segunda persona de la Trinidad los respectivos cargos de soberano y feudatario supremo. Pero ahora, el desarollo de las industrias y el cambio, actuando en una organización social en que la tierra se ha convertido en propiedad particular, amenaza con obligar a todo trabajador a buscarse un dueño. Nada parece escapar a esta tendencia. En todas partes la producción tiende a tomar una forma en la cual hay un señor y muchos servidores. Y cuando uno es amo y los otros sirven, aquél mandará a éstos aun en asuntos como el voto.
Ante nuestros ojos se van minando los cimientos mismos de la sociedad, mientras nos preguntamos, ¿cómo es posible que se destruya una civilización como ésta, con sus ferrocarriles, su prensa diaria y sus telégrafos? Mientras la literatura respira la creencia de que hemos dejado atrás, y en el porvenir seguiremos dejando cada vez más lejos el estado saIvaje, hay indicios de que en realidad estamos retrocediendo hacia la barbarie.
Aunque no podamos decirlo abiertamente, la fe general en las instituciones democráticas disminuye y se debilita allí donde han alcanzado su más pleno desarrollo; ya no se cree confiadamente como antaño en la democracia como origen de la prosperidad nacional. Los hombres pensadores empiezan a ver sus peligros, sin ver el modo de evitarlos; están empezando a admitir la opinión de Macaulay(1)* y a desconfiar de la de Jefferson*. Poco a poco el pueblo se está acostumbrando a la creciente corrupción; el signo político de peor agüero es la difusión de un sentir que o bien duda que haya un hombre honrrado en cargos públicos o lo cree tonto de no aprovechar la ocasión. Es decir, el pueblo mismo se está corrompiendo.
Cualquiera que piense verá claro a dónde lleva esta marcha. Cuando la corrupción sea crónica, el espíritu público se pierda, la tradición del honor, la virtud y el patriotismo se debiliten, se desprecie la ley y no quede esperanza en las reformas; entonces; en las masas enconadas se engendrarán fuerzas volcánicas que, al presentárseles una ocasión propicia, romperán y destruirán. Hombres fuertes y sin escrúpulos, aprovechando la ocasión, se convertirán en intérpretes de los deseos ciegos y pasiones violentas del pueblo y barrerán las instituciones, desprovistas ya de vitalidad. La espada volverá a ser más poderosa que la pluma y, en el desenfreno de la destrucción, la fuerza bruta y la locura salvaje alternarán con el letargo de una civilización decadente.
¿De dónde vendrán los nuevos bárbaros? Id por los barrios míseros de las grandes ciudades y ya ahora veréis sus hordas agolpadas. ¿Cómo perecerá el saber? Los hombres dejarán de leer y los libros prenderán incendios o se convertirán en cartuchos.
Sobresalta pensar cuán débiles huellas quedarán de nuestra civilización, si pasa por las angustias que acompañaron la decadencia de todas las civilizaciones anteriores. El papel no dura tanto como el pergamino, ni nuestros más firmes edificios y monumentos pueden compararse en solidez con los templos labrados en la roca y los titánicos edificios de las antiguas civilizaciones. Y la inventiva nos ha dado no sólo el vapor y la imprenta, sino también el petróleo, la nitroglicerina y la dinamita.
No obstante, insinuar en el día de hoy la posibilidad de que nuestra civilización decaiga, parece el colmo del pesimismo. Las tendencias especiales a que he aludido son evidentes para quienes piensan, pero, para la mayoria de éstos, asi como para las grandes masas, la fe en el verdadero progreso es todavía hondo y fuerte, es una creencia fundamental que no admite ni la sombra de una duda.
Pero cualquiera que medite sobre ello, verá que, necesariamente, así ha de ocurrir donde el adelanto se convierte en retroceso. Porque en el desarrollo social, como en todas las demás cosas, el movimiento tiende a persistir en línea recta, y por esto, donde ha habido un anterior adelanto, cuesta muchísimo reconocer la decadencia, aunque haya comenzado de pleno; hay una tendencia casi irresistible a creer que el movimiento adelante, que ha sido progreso y sigue marchando, es todavía progreso. La red de creencias, costumbres, leyes, instituciones y hábitos, constantemente tejida por cada colectividad, y que produce en el individuo envuelto en ella todas las diferencias de carácter nacional, no se desenrreda nunca. Es decir: en la decadencia de la civilización, los pueblos nunca bajan por el mismo camino que subieron.
Y fácilmente se ve que el retroceso de la civilización, que sigue a un período de progreso, puede ser tan gradual que en su tiempo no llame la atención; que, por desgracia, la mayoría de la gente necesariamente ha de tomar la decadencia por adelanto. Por ejemplo, hay una enorme diferencia entre el arte griego del período clásico y el del Bajo Imperio*; sin embargo, el cambio fue acompañado o más bien causado por un cambio del gusto. Los artistas que con más presteza siguieron este cambio, fueron en su época considerados como los mejores. Y lo mismo ocurrió en la literatura. Al volverse más insulsa, pueril y ampulosa, lo haría obedeciendo a un gusto alterado, que tomaría su creciente debilidad por una creciente fuerza y belleza. El escritor realmente bueno no encontraría lectores; se le consideraría rudo, seco o pesado. Y así declinaría el drama; no porque faltasen excelentes obras, sino porque el gusto dominante fue, cada vez más, el de una clase menos culta que, naturalmente, tendría por lo mejor en su clase aquello que más admiraba. Y así también en la religión, las supersiticiones añadidas por un pueblo supersticioso serían consideradas por éste como mejoras. Cuando empieza la decadencia, el retorno a la barbarie, donde no sea considerado en sí mismo como un progreso, parecerá necesario para hacer frente a las exigencias de los tiempos.
No es preciso investigar si, en las actuales corrientes de opinión y gusto, hay ya señales de retroceso; pero hay muchas cosas que indiscutiblemente demuestran que nuestra civilización ha llegado a un período crítico y que, de no dársele un nuevo impulso hacia la equidad social, quizás en el porvenir, el siglo XIX será considerado como el de su apogeo.
La tendencia a la desigualdad, que es la obligada consecuencia del progreso material donde la tierra está monopolizada, no puede ir mucho más allá sin llevar nuestra civilización hacia el sendero de bajada que tan fácilmente se emprende y tanto cuesta abandonar. En todas partes la creciente intensidad de la lucha por la vida, la creciente necesidad de poner en tensión todos los nervios para no ser arrollado y pisoteado en la rebatiña por la riqueza, está agotando las fuerzas que obtienen y conservan los perfeccionamientos. Cuando en una bahía o en un río, la marea pasa del flujo al reflujo, no lo hace de golpe, sino que en algunos puntos aún sube, mientras en otros ya empieza a bajar. Que el sol pasa por el mediodía, sólo se ve en la dirección que toman las acortadas sombras, pues el calor del día sigue aumentando. Pero tan seguro como que a la pleamar sigue el reflujo y al descenso del sol la obscuridad, es que, aunque el saber siga aumentando y la invención adelante y nuevos estados se pueblen y las ciudades se extiendan todavía, la civilización ha empezado a decaer cuando, en proporción a la población, hemos de construir más y más cárceles, más y más asilos y más y más manicomios. No es de arriba abajo como mueren las sociedades; es de abajo arriba.
Hay un sentimiento vago, pero general, de desilusión; una creciente amargura entre las clases trabajadoras y una extensa sensación de inquietud. Esto, si fuese acompañado de una idea precisa sobre la manera de lograr el alivio, sería un signo de esperanza, pero no es así. Aunque hace tiempo que la escuela se ha generalizado, la común facultad de relacionar efecto y causa no parece haber mejorado ni un ápice.
Qué cambio puede venir, ningún mortal puede decirlo, pero que algún gran cambio ha de venir, los hombres reflexivos empiezan a sentirlo. El mundo civilizado se estremece al borde de un gran movimiento. 0 bien será un salto adelante que abra paso a progresos aún no soñados o será un hundimiento que nos retornará a la barbarie.
(1) Véanse las cartas de Macaulay a Randall, biógrafo de Jefferson.