Capitulo 26. El llamamiento de la Libertad
La verdad a que nos ha llevado la parte político-económica de nuestra investigación, se observa claramente en la subida y caída de las naciones y en el crecimiento y decadencia de la civilización. Concuerda con los arraigados conceptos de relación y consecuencia que llamamos ideas morales.
Esta verdad implica a la vez una amenaza y una promesa. Los males que brotan de una injusta y desigual distribución de la riqueza, no son incidentes del progreso, sino tendencias que han de detenerlo; no se curarán por sí solos, sino que, por el contrario, si no se suprime su causa, han de aumentar más y más, hasta que nos retrograden a la barbarie por el camino que siguieron todas las civilizaciones pretéritas. Esos males no los imponen las leyes naturales. Proceden únicamente de desarreglos sociales que infringen las leyes naturales; y al suprimir su caúsa, daremos un enorme impulso al progreso.
Al consentir el monopolio de las oportunidades que la naturaleza ofrece generosamente a todos, hemos desairado el principio fundamental de la justicia. Pero al suprimir esta injusticia y asegurar los derechos de todos los hombres a las oportunidades naturales, nos ajustaremos a la ley, extirparemos la gran causa de la antinatural desigualdad en la distribución de la riqueza y el poder; aboliremos la pobreza; amansaremos las crueles pasiones de la codicia; secaremos las fuentes del vicio y la miseria; alumbraremos las tinieblas con la lámpara del saber; daremos nuevo vigor a la invención y un nuevo impulso al descubrimiento; sustituiremos la debilidad política con la fuerza política; y haremos imposibles la tiranía y la anarquía. La reforma que he propuesto está de acuerdo con todo lo que política, social y moralmente es deseable. Tiene las cualidades de una verdadera reforma, porque facilitaría todas las demás reformas. No es otra cosa que la realización de la letra y el espíritu de la verdad enunciada en la Declaración de la Independencia Americana*, la verdad evidente que es el corazón y el alma de la Declaración: «Que todos los hombres han sido creados iquales; que su Creador les dotó de ciertos derechos inalienables; que entre éstos se hallan la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.»
Estos derechos se niegan al negar el igual derecho a la tierra, en la cual y de la cual el hombre ha de vivir forzosamente. La igualdad de derechos políticos no compensa la negación del igual derecho a los dones de la naturaleza. Cuando se niega el igual derecho a la tierra, al aumentar la población y progresar los inventos, la libertad política se convierte simplemente en la libertad de competir para emplearse por salarios de hambre.
Honramos la Libertad en el nombre y en la forma. Le levantamos estatuas y cantamos sus alabanzas. Pero no hemos confiado plenamente en ella. Y, con nuestro avance, crecen también sus exigencias. ¡No quiere que se le sirva a medias!
¡Libertad! es una palabra para conjurar, no para cansar el oído con frívolas bravatas. Porque Libertad significa Justicia y Justicia es la ley natural, la ley de salud, armonía y vigor, la ley de la fraternidad y la colaboración.
Quienes creen que la Libertad ya cumplió su misión al abolir los privilegios hereditarios y dar a los hombres el voto, los que piensan que ya no tiene que ver con los asuntos cotidianos de la vida, no han visto su verdadera grandeza; para ellos los poetas que la cantaron fueron vanos copleros, y sus mártires, insensatos. Como el sol es señor de la vida y de la luz; como sus rayos no sólo perforan las nubes, sino que nutren todo desarrollo, surten todo movimiento, y, de lo que sin ellos fuera una masa inerte y fría, engendran seres en infinita variedad y belleza, así es la libertad para los hombres. No es por una idea abstracta por lo que los hombres han luchado y sucumbido y en todas las épocas se han levantado los defensores de la Libertad y sus mártires han sufrido.
Decimo que la Libertad es una cosa y la virtud, la riqueza, el saber, la invención, el vigor nacional y la independencia patria son otras cosas. Pero, de todas éstas, la Libertad es la fuente, la madre, la condición necesaria. Es para la virtud como la luz para el color; para la riqueza como el sol para el trigo; para el saber como los ojos para la vista. Es el genio de la invención, el músculo de la robustez del país, el espíritu de la independencia nacional. Donde la Libertad se levanta, crece la virtud, aumenta la riqueza, cunde el saber, la invención multiplica el poder del hombre, y la nación más libre sobresale en fuerza y valor entre sus vecinas como Saúl* entre sus hermanos, más alta y más bella. Donde la Libertad se hunde, se marchita la virtud, mengua la riqueza, se olvida el saber, cesa la invención, y los imperios, un día poderosos en las armas y las artes, se convierten en indefensa presa de bárbaros más libres.
Solamente en destellos truncados y con luz parcial, el sol de la Libertad ha brillado entre los hombres, y, no obstante, ha engendrado todo el progreso.
La Libertad vino a una raza de esclavos humillados bajo el látigo de los egipcios, y los sacó de la casa de la esclavitud*. Ella los fortaleció en el desierto, y de ellos hizo una raza de conquistadores. El libre aliento de la ley mosaica* arrebató a sus pensadores a las alturas desde donde contemplaron la unidad de Dios, e inspiró a sus poetas estrofas que aún expresan la mayor exaltación del pensamiento. La Libertad amaneció en la costa fenicia*, y las naves pasaron las Columnas de Hércules* para surcar el mar tenebroso. Derramó una luz parcial sobre Grecia, y el mármol se animó en formas de ideal belleza, la palabra sirvió de instrumento a las ideas más sutiles y, contra la exigua milicia de las ciudades libres, las incontables huestes del Gran Rey* se estrellaron cual olas contra la roca. Vertió sus rayos sobre las parcelas de los pequeños hadendados de Italia, y de su energía nació un poder que conquistó el mundo. Se reflejó en los escudos de los guerreros germánicos, y Augusto* lloró sus legiones. Saliendo de la noche que siguió a su eclipse, sus oblicuos rayos cayeron nuevamente sobre ciudades libres, y renació un saber olvidado, comenzó la moderna civilización y un nuevo mundo fue descubierto; y al crecer la Libertad, crecieron también el arte, la riqueza, el poder, la ciencia y el refinamiento.
¿No confiaremos en ella?
En nuestra era, como en anteriores, se arrastran las insidiosas fuerzas que, produciendo desigualdad, destruyen la Libertad. El horizonte empieza a nublarse. De nuevo, la Libertad nos llama. Hemos de continuar siguiéndola; hemos de confiar plenamente en ella. O la acogemos por completo o no permanecerá. No basta que los hombres voten; no basta que, en teoría, sean iguales ante la ley. Han de tener libertad para aprovechar las oportunidades y medios de vida; han de estar en igualdad de condiciones respecto a los dones de la naturaleza. O esto o la Libertad retirará su luz. O esto o vendrán las tinieblas, y las mismas fuerzas desarrolladas por el progreso, se convertirán en poderes de destrucción. Esta es la ley universal. Esta es la lección de los siglos. Si sus cimientos no descansan sobre la justicia, la estructura social no puede sostenerse.
Nuestra institución social primaria es una negación de la justicia. Al permitir que un hombre posea la tierra sobre la cual y de la cual han de vivir otros hombres, hemos convertido a éstos en esclavos, en un grado que aumenta a medida que el progreso material avanza. Esta es la alquimia sutil que, por caminos invisibles, quita a las masas de todos los países civilizados el fruto de su penoso esfuerzo, que, en vez de la esclavitud abolida, instituye otra más dura y más desamparada, y que de la libertad política engendra el despotismo.
Esto es lo que convierte los beneficios del progreso material en maldición. Lo que amontona seres humanos en sótanos malsanos e inmundas viviendas; llena cárceles y burdeles; atormenta los hombres con la miseria y los consume con la codicia; roba la gracia y la belleza de la perfecta feminidad; y arrebata a los niños la alegría y la inocencia de la aurora de la vida.
Una civilización fundamentada así, no puede subsistir. Las leyes eternas del universo lo prohíben. Las ruinas de los imperios extintos confirman y el testimonio de las conciencias responde que no puede ser. Algo más grande que la benevolencia, más augusto que la caridad — la Justicia misma — nos exige que reparemos este agravio. La Justicia, que no será denegada, que no puede ser eludida; la Justicia que, con la balanza, lleva la espada. ¿Esquivaremos el golpe con liturgias y oraciones? Cuando los niños gimen hambrientos y las madres extenuadas lloran, ¿podremos, levantando Iglesias, desviar los decretos de la ley inmutable?
Aunque emplee el lenguaje de la plegaria, es blasfemia lo que atribuye a los inescrutables decretos de la Providencia el dolor y el embrutecimiento que vienen de la pobreza; dirigir las manos en súplica al Padre de todos y hacerle responsable de la miseria y el crimen de nuestras grandes ciudades. Un hombre compasivo hubiera ordenado mejor el mundo; un hombre justo aplastaría con el pie un hormiguero tan ulceroso. No es el Todopoderoso, sino nosotros, los que somos responsables del vicio y la miseria que emponzoñan nuestra civilización. El Creador nos colma con sus dádivas, que sobran para todos. Pero, como cerdos que se disputan la comida, las pisoteamos en el cieno, mientras nos desgarramos unos a otros.
Hoy, en los mismos centros de nuestra civilización, hay miseria y sufrimiento bastante para agobiar el corazón de quien no cierra los ojos y no tenga nervios de acero. ¿Osaremos volvernos al Creador pidiéndole alivio? Supongamos que nuestra súplica fuese escuchada y que brillara el sol con mayor potencia; que una nueva fuerza impregnase el aire; un nuevo vigor el suelo; que por una hoja de pasto que hoy crece, crecieran dos, y que la semilla que da cincuenta diera cien. ¿Disminuiría la pobreza o se aliviaría la necesidad? ¡No, evidentemente, no! Cualquier buen resultado que se obtuviese, sólo sería pasajero. Los nuevos poderes del universo material sólo podrían ser utilizados por medio de la tierra. Mientras la tierra siguiese siendo propiedad particular, las clases que ahora monopolizan la generosidad del Creador, monopolizarían todas sus nuevas dádivas. Las rentas subirían, pero los salarios continuarían al nivel de la simple subsistencia.
¿Es posible que de este modo los dones del Creador puedan ser usurpados impunemente? ¿Es cosa leve que al trabajo se le usurpe su ganancia, mientras la codicia se revuelca en la riqueza, que los más hayan de pasar hambre, mientras los menos se atiborran? Acudid a la historia, y en cada página se puede aprender que este agravio nunca queda impune; que Némesis*, que sigue. a la injusticia, nunca duerme ni vacila. Mirad hoy a vuestro alrededor. ¿Puede continuar esta situación? ¿Podemos decir siquiera: «Después de nosotros, el diluvio»? No. Los pilares del Estado se estremecen también ahora, y ardientes fuerzas sacuden los mismos cimientos de la sociedad que las comprime. La lucha que ha de vivificarnos o arrastrarnos a la ruina está próxima, si no está ya entablada.
El ¡fiat! creador ha proseguido. Con el vapor y la electricidad y los nuevos poderes nacidos del progreso, han venido al mundo nuevas fuerzas, que, o bien nos propulsarán hacia una mayor altura, o bien nos aplastarán, como han aplastado todas las naciones y civilizaciones precedentes. Entre las ideas democráticas y la organización aristocrática de la sociedad hay un conflicto irreconciliable. No podemos continuar permitiendo que los hombres voten y obligándoles a vagabundear. No podemos seguir educando a los niños y niñas en nuestras escuelas públicas y al mismo tiempo negarles el derecho a ganarse honradamente la vida. No podemos seguir charlando de los inalienables derechos del hombre, y al mismo tiempo negando el inalienable derecho a la generosidad del Creador.
Pero si, mientras aún hay tiempo, nos volvemos a la Justicia, si confiamos en la Libertad y la seguimos, desaparecerán los peligros que nos acosan, y las fuerzas que nos amenazan se convertirán en agentes de encumbramiento. Pensad en los poderes hoy despilfarrados, los infinitos campos del sabor aún inexplorados, las posibilidades que los grandes inventos de este siglo nos insinúan. Abolida la miseria; trocada la codicia en nobles pasiones; ocupando la fraternidad, nacida de la equidad, el sitio de la envidia y el temor que ahora alinean a unos hombres contra otros; liberado el poder mental en condiciones que den bienestar y ocio al más humilde, ¿quién puede medir la altura a que puede remontarse nuestra civilización? ¡Las palabras no alcanzan a expresarlo! Es la Edad de Oro* cantada por la poesía y revelada en las sublimes metáforas de los profetas. Es la gloriosa visión que siempre ha obsesionado al hombre con destellos de vacilante resplandor. Es la visión de aquél, cuyos ojos se cerraron en éxtasis en Patmos. ¡Es la culminación del Cristianismo, la Ciudad de Dios sobre la tierra, con sus murallas de jaspe y sus puertas nacarinas! ¡Es el reinado del Príncipe de la Paz!