Capitulo 24. La Ley del Progreso humano (I)
Cualquiera que sea el origen del hombre, todo lo que sabemos de éste, es en cuanto es hombre, tal como ahora lo encontramos. No hay memoria ni rastro suyo en condiciones inferiores a las que todavía se pueden encontrar entre salvajes. Cualquiera que sea el puente por el cual haya cruzado el vago abismo que hoy lo separa de los irracionales, no queda de él ningún vestigio. Entre los salvajes inferiores de que tenemos noticias y los animales superiores, hay una diferencia irreconciliable, no tan sólo de grado, sino de clase. Los animales inferiores al hombre presentan muchas de las características, acciones y emociones humanas; pero al hombre, por bajo que se halle en la escala de la humanidad, no se le ha encontrado nunca privado de una cosa, de la cual los animales no presentan la menor huella, algo claramente perceptible, pero casi indefinible, que le da la facultad de progresar.
El castor construye un dique, el pájaro un nido, la abeja una celda; pero mientras el dique del castor, el nido del pájaro y la celda de la abeja se construyen siempre según el mismo modelo, la casa del hombre pasa de la tosca cabaña de hojas y ramas a la magnífica mansión provista de todas las comodidades modernas. El perro puede, hasta cierto punto, relacionar la causa con el efecto, y se le pueden enseñar algunas habilidades; pero su capacidad en este sentido no ha mejorado ni por asomo en todos los siglos en que ha sido compañero del hombre progresivo, y el perro de la civilización no es ni pizca más capaz o inteligente que el perro del salvaje errante. No sabemos de ningún animal que use vestidos, cuezca sus alimentos, se haga herramientas o armas o tenga un lenguaje articulado. En cambio, a no ser en la fábula, nunca se ha encontrado ni mencionado un hombre que no haga todo esto. Es decir, el hombre, dondequiera que le conocemos, ostenta este poder, esta facultad de completar lo que la naturaleza ha hecho por él, con lo que él hace para sí mismo. Y de hecho, son tan inferiores los dotes físicas del hombre, que en ninguna parte del mundo podría subsistir sin aquella facultad.
En todo tiempo y lugar, el hombre manifiesta esta facultad. Pero el grado en que la emplea varía mucho. Entre la rudimentaria canoa y el buque de vapor, entre el burdo ídolo de madera tallada y el viviente mármol del arte griego, entre las nociones del salvaje y la moderna ciencia, hay una diferencia enorme.
Condiciones del Progreso Social
Los diversos grados en que se emplea esta facultad no pueden atribuirse a diferencias de capacidad original. Los pueblos hoy más adelantados eran salvajes en tiempos históricos, y encontramos las mayores diferencias entre pueblos del mismo linaje. Ni pueden atribuirse por completo a diferencias del ambiente físico; en muchos casos, la cuna del saber y de las artes está hoy ocupada por pueblos en la barbarie. Todas aquellas diferencias están evidentemente ligadas al desarrollo social. Excepto, quizás, en lo más rudimentario, el hombre sólo puede progresar viviendo con sus semejantes. Por esto, todas esas mejoras en los poderes y condiciones del hombre, las resumimos con el término «civilización». El hombre adelanta a medida que se civiliza o aprende a colaborar en la sociedad.
¿Cuál es la ley de este progreso? ¿Por qué principio general podemos explicar los diferentes grados de civilización que han alcanzado las diversas colectividades? ¿En qué consiste esencialmente el progreso de la civilización, que nos permita decir, de las diversas disposiciones sociales, cuáles lo favorecen y cuáles no; o explicar por qué una institución o situación puede en unas épocas adelantarlo y en otras retardarlo?
La Teoría Evolucionista
La creencia reinante es que el progreso de la civilización es un desarrollo o evolución, en el curso del cual las facultades y cualidades humanas aumentan y mejoran por la acción de causas semejantes a las que se admiten para explicar el origen de las especies, a saber, la supervivencia del más fuerte y la transmisión hereditaria de las cualidades adquiridas. En otras palabras, se cree que la civilización es el resultado de fuerzas que poco a poco cambian el carácter y mejoran y elevan las facultades del hombre; y que este mejoramiento tiende a avanzar cada vez más hacia una civilización cada vez más elevada.
En medio de una civilización floreciente, esta teoría del progreso nos parece muy natural. Pero sus defensores, cuando miran el mundo que nos rodea, se encuentran frente a un hecho anómalo: las civilizaciones inmóviles, petrificadas. Con la teoría de que el progreso humano es el resultado de causas generales y continuas, ¿cómo nos explicamos las civilizaciones que han progresado mucho y luego se han paralizado? No se puede decir del hindú y del chino que nuestra superioridad sobre ellos es el resultado de una educación más prolongada; que nosotros venimos a ser como los adultos de la naturaleza, mientras que ellos son los niños. Los hindúes y los chinos eran civilizados cuando nosotros éramos salvajes. Tenían grandes ciudades, gobiernos altamente organizados y poderosos, literatura, filosofía, modales corteses, considerable división del trabajo, vasto comercio y primorosas artes, cuando nuestros antepasados eran bárbaros nómadas, que vivían en chozas y tiendas de piel. Mientras nosotros hemos avanzado desde aquel estado salvaje, ellos se han quedado estancados. De todas las civilizaciones que conocemos un poco, la más inmóvil y fosilizada fue la de Egipto*, en la que hasta el arte acabó por adoptar una forma convencional e inflexible. Pero sabemos que, antes de ésta, debió existir una época de vida y vigor, una civilización que se desplegaba lozana y expansiva, como la nuestra, pues de otro modo las artes y las ciencias nunca habrían alcanzado tanta altura. Y excavaciones recientes han sacado a luz, más allá de lo que sabíamos del Egipto, un Egipto aún más antiguo, con estatuas y relieves que, en vez de un tipo rígido y formalista, irradian vida y expresión y muestran un arte animoso, ardiente, natural y libre, señal segura de una vida dinámica y expansiva.
Civilizaciones Detenidas
Si el progreso fuese el resultado de leyes fijas, invariables y eternas que impulsan al hombre adelante, ¿cómo nos explicamos estas civilizaciones detenidas? No es solamente que el hombre haya avanzado tanto en la senda del progreso y luego se haya detenido; es que ha avanzado tanto y luego ha retrocedido. Lo que contradice la teoría no es sólo un caso aislado: es la regla universal. Todas las civilizaciones que hasta hoy el mundo ha visto, han tenido sus fases de crecimiento vigoroso, de parada y estancamiento, de decadencia y caida. De todas las civilizaciones que han nacido y florecido, sólo quedan hoy las que se han detenido y la nuestra, que aún no es tan antigua como lo eran las pirámides*, cuando Abraham* las contempló y tenían veinte siglos de historia comprobada.
Sin duda alguna, nuestra civilización tiene una base más amplia, es de un tipo más avanzado, se mueve más aprisa y se remonta más alto que cualquier civilización anterior; pero, en este concepto, apenas está más avanzada respecto a la civilización greco-romana, que ésta lo estaba respecto a la civilización asiática; y si Io estuviese, esto no probaría nada en cuanto a su permanencia y futuro avance, mientras no se demuestre que es superior en aquellas cosas que causaron el fracaso definitivo de sus predecesoras. Lo cierto es que nada está más lejos de explicar los hechos de la historia universal que la teoría según la cual la civilización es el resultado de una serie de selecciones naturales que actúan mejorando y elevando las facultades humanas. La civilización ha nacido en diferentes épocas, en diferentes sitios y ha progresado en diferentes medidas, lo cual no es incompatible con dicha teoría, porque puede resultar del diferente equilibrio entre las fuerzas impulsoras y resistentes. Pero es absolutamente incompatible con ella, el hecho de que el progreso no ha sido continuo en níngún sitio, sino que en todas partes se ha detenido o ha retrocedido, Pues si el progreso determinase un mejoramiento de la naturaleza humana, y de este modo originase otro nuevo progreso, por regla general, y aunque hubiera alguna interrupción pasajera, el avance sería continuo, el adelanto conduciría a un nuevo adelanto y la civilización se desenvolvería en civilizaciones superiores.
Imperios Fenecidos
No sólo la regla general, sino la regla universal es lo contrario. La tierra es la tumba de imperios fenecidos, no menos que la de hombres difuntos. En vez de que el progreso prepare a los hombres para un mayor avance, cada civilización que en su época fue vigorosa y progresiva como hoy la nuestra, ha venido a detenerse por sí misma. Una y otra vez el arte ha declinado, la cultura ha decaído, ha menguado el poder y se ha enrarecido la población, hasta que los remanentes de quienes habían erigido famosos templos y poderosas ciudades, desviado ríos, perforado montañas, cultivado el suelo como un jardín y llegado al sumo refinamiento en las minucias de la vida, fueron míseros bárbaros, que ni siquiera recordaban lo que habían hecho sus antepasados y miraban los restos de su anterior grandeza como obra de magia o de la poderosa raza antediluviana. «¡También éste, oh Roma, será tu destino algún dia!», exclamó Escipión* llorando sobre las ruinas de Cartago*; y la descripción de Macaulay* de un neozelandés meditando sobre el arco roto del Puente de Londres, acude a la imaginación, hasta de los que ven levantarse ciudades en el yermo y contribuyen a poner los cimientos de un nuevo imperio. Y así, al erigir un edificio público, dejamos en la piedra angular mayor un hueco en el cual sellamos cuidadosamente algunos recuerdos de nuestros días, previendo el tiempo en que nuestras obras serán ruinas y nosotros mismos seremos olvidados.
La teoría que explica el avance de la civilización por cambios en la naturaleza del hombre, no logra explicar los hechos, pues el pueblo que comienza una nueva civilización nunca ha sido educado y modificado hereditariamente por la anterior, sino que es una raza nueva que viene de un nivel inferior. Los bárbaros de una época han sido los civilizados de la siguiente, a su vez reemplazados por nuevos bárbaros. Hasta ahora, siempre ha sucedido que los hombres, bajo las influencias de la civilización, aunque al principio mejoran, después degeneran. Toda civilización que ha sido subyugada por bárbaros, en realidad ha perecido por la decadencia interna.
Individuos y Naciones
Por esto, ¿hemos de decir que hay una vida nacional o de la raza, como hay una vida Individual? ¿Que todo conjunto social tiene, por decirlo así una cierta cantidad de energía, cuyo consumo lleva necesariamente a la decadencia? Esta es una idea antigua y difundida que de un modo constante e incongruente aparece en los escritos de quienes exponen la teoría evolucionista. Pero, mientras sus individuos se renuevan constantemente con el vigor nuevo de la infancia, una colectividad no puede envejecer, como envejece un hombre, por la decadencia de sus fuerzas. Mientras su fuerza conjunta deba ser la suma de las fuerzas de sus componentes individuales, una colectividad no puede perder fuerza vital, a no ser que la de sus componentes disminuya. Sin embargo, en la comparación vulgar que asemeja el poder vital de una nación al de un individuo, asoma el reconocimiento de una verdad evidente, la certeza de que los obstáculos que acaban por detener el progreso nacen de este mismo progreso, y que las causas que han destruido todas las civilizaciones precedentes, han sido las condiciones creadas por el mismo crecimiento de la civilización.
Diferencias de Civilización. Sus CausasEn toda colectividad numerosa, así como entre distintos grupos o clases, podemos ver diferencias parecidas a las que hay entre civilizaciones distintas, diferencias de saber, creencias, costumbres, gustos y lenguaje, que, en sus extremos entre gente de igual raza y país, aparecen tan marcadas como las que hay entre pueblos civilizados y salvajes. Del mismo modo que en pueblos contemporáneos se pueden hallar aún todas las fases del desarrollo social, a partir de la edad de piedra, también hoy en el mismo país y en la misma ciudad se pueden hallar uno junto a otro grupos que muestran parecidas divergencias. En paises tales como Inglaterra y Alemania, niños de la misma raza, nacidos y criados en el mismo lugar, crecerán hablando el idioma de modo diferente, profesando diversas creencias, siguiendo costumbres diferentes y mostrando gustos distintos; y hasta en un país como los Estados Unidos, se observan diferencias de esta índole, aunque no en igual grado, entre grupos y círculos distintos.
Pero estas diferencias no son, ciertamente, innatas. Ningún niño nace metodista o católico, pronunciando o no la h aspirada. Todas las diferencias que distinguen los diversos grupos o círculos proceden de la asociación dentro de los mismos.
Los jenízaros* eran jóvenes que en edad temprana fueron arrebatados a sus padres cristianos, pero no eran musulmanes menos fanáticos, ni mostraban menos todos los rasgos del carácter turco. Los jesuitas y otras órdenes muestran un carácter marcado, pero, ciertamente, este carácter no se perpetúa por transmisión hereditaria. Y hasta asociaciones tales como escuelas y regimientos, cuyos componentes permanecen sólo un corto tiempo en ellas, manifiestan características generales debidas a impresiones mentales perpetuadas por la asociación.
Este conjunto de tradiciones, creencias, costumbres, leyes, hábitos y asociaciones, que nacen dentro de cada colectividad y rodean a cada individuo, es el gran elemento que determina el carácter nacional. Esto, más bien que la transmisión hereditaria, es lo que diferencia al inglés del francés, al alemán del italiano y al americano del chino. De este modo es como se conservan, extienden o cambian los rasgos nacionales.
Atributos Físicos y Mentales
Una raza de hombres con actividad mental no mayor que la de los animales, hombres que solamente coman, beban, duerman y procreen, sin duda podrían, por un tratamiento cuidadoso y selección en la cría y a fuerza de tiempo, adquirir diferencias corporales y de carácter tan grandes como las que por medios parecidos se han obtenido en los animales domésticos. Pero hombres de esa clase no los hay; y en los hombres, tales como son las influencias mentales, actuando a través del espíritu sobre el cuerpo a cada paso, interrumpirían el proceso. Con toda probabilidad, los hombre han estado sobre la tierra más tiempo que varias especies animales. Han estado separados unos de otros bajo diferencias de clima que produce las más marcadas diferencias en los animales, y, sin embargo, las diferencias físicas ente las diversas razas humanas apenas son mayores que la que hay entre caballos blancos y caballos negros; ciertamente no son tan grandes como entre perros de la misma subespecie, por ejemplo entre la distintas variedades de spaniel o de terrier. Y aun respecto a estas diferencias físicas entre razas humanas, los que las explican por la selección natural y la transmisión hereditaria, afirman que fueron producidas cuando el hombre estaba mucho más próximo al animal, es decir, cuando tenía menos entendimiento.
Y si esto es cierto respecto a la constitución física del hombre, ¿cuánto más no lo será respeto a su constitución mental? Venimos al mundo con todos nuestros componentes físicos; pero el entendimiento se desarolla después.
Tomad un número de niños nacidos de los padres más civilizados y llevadlos a un país deshabitado. Suponed que, por algún milagro, se mantienen hasta la edad de cuidarse de sí mismos y ¿qué tendríais? Los salvajes más desvalidos de que tenemos noticia. Tendrían que decubrir el fuego; inventar los más rudimentarios utensilios y armas; formar el lenguaje. En suma, tendrían que tropezar a cada paso, como un niño que aprende a andar, para poseer los conocimientos más sencillos que las razas inferiores poseen ahora. No dudo en lo más mínimo que, con el tiempo, harían todas aquellas cosas, pues todas esas posibilidades están latentes en la mente del hombre, del mismo modo que la facultad de andar está latente en su estructura corporal, pero no creo que las hiciesen mejor o peor, más despacio o más aprisa, que en iguales circunstancias, las harían los niños de padres salvajes. Dados los más elevados poderes mentales que individuos excepcionales hayan desplegado, ¿qué sería de la humanidad, si una generación quedase separada de la siguiente por un intervalo de tiempo como los diecisiete años de la cigarra*? Un intervalo como éste reduciría la humanidad, no al salvajismo, sino a un estado, comparado al cual el salvajismo que conocemos parecería civilización.