Capitulo 24. La Ley del Progreso humano (II)

Semejanza Esencial en la Naturaleza Humana

Por el contrario, suponed que un número de niños salvajes, ignorándolos las madres (pues hasta esto sería necesario para hacer el experimento con imparcialidad), substituyesen a otros tantos niños de la civilización. ¿Podemos suponer que al desarrollarse presentarían alguna diferencia? Creo que nadie que haya tratado diferentes pueblos, pensaría así. La gran lección que así se aprende es que «la naturaleza humana es naturaleza humana en todo el mundo». Y esta lección se puede aprender también en los libros. No me refiero a los relatos de viajeros, porque los informes que los civilizados nos dan en su libros sobre los salvajes, muy a menudo son como los informes que de nosotros darían los salvajes, si pudiesen hacernos visitas a toda prisa y luego escribir libros; hablo de aquellas memorias de la vida e ideas de otros tiempos y otros pueblos, que traducidas a nuestro lenguaje actual, son como reflejo de nuestras propias vidas y destellos de nuestras propias ideas. El sentimiento que inspiran es el de la esencial semejanza de los hombres. «Este es — dice Emmanuel Deutsch* — el resultado de todas las investigaciones en la historia o en el arte: Eran como nosotros.»

El Hombre Moderno y sus Precursores

No hay pruebas para admitir un mejoramiento mental de la raza dentro de los tiempos que conocemos. ¿Puede la civilización moderna presentar poetas, artistas, arquitectos, filósofos, oradores, estadistas o guerreros mejores que los de la antigua? No hace falta recordar nombres. Cualquier niño de la escuela los conoce. Para nuestros modelos y personificaciones del poder mental, recurrimos a los antiguos. Si pudiésemos suponer que Homero* o Virgilio*, Demóstenes* o Cicerón*, Alejandro*, Anibal* o César*, Platón* o Lucrecio*, Euclides* o Aristóteles*, volviesen a esta vida, ¿podríamos suponer que fuesen inferiores en algo a los hombres de hoy? O, si tomamos cualquier época, aun la de mayor atraso, posterior a la clásica o cualquier otra anterior que conozcamos algo, ¿no encontraremos hombres que, en las circunstancias y conocimientos de su tiempo, mostraron un poder mental tan elevado como el de los hombres de hoy? Y, entre las razas menos adelantadas, cuando fijamos en ellas nuestra atención, ¿no encontramos hoy hombres que, dentro de sus circunstancias, presentan cualidades mentales tan grandes como pueda mostrarlas la civilización? La invención del ferrocarril, dada la época en que ocurrió, ¿demuestra mayor inventiva que la de la carretilla cuando ésta aún no existía? Nosotros, los hombres de la civilización moderna estamos muy por encima de los que nos han precedido y de las razas contemporáneas menos adelantadas. Pero es porque estamos sobre una pirámide, no porque seamos más altos. Lo que los siglos han hecho por nosotros no es aumentar nuestra estatura, sino levantar una construcción sobre la cual podemos afianzar nuestros pies.

El Papel que Desempeña la Herencia

No digo que todos los hombres posean las mismas capacidades o sean iguales en mentalidad, como tampoco digo que sean iguales en lo físico. Entre los incontables millones que han venido a esta tierra y se han ido de ella, probablemente nunca hubo dos hombres que en lo físico ni en lo mental fuesen exactamente iguales. Ni siquiera digo que no haya diferencias raciales de mentalidad tan claramente marcadas como lo son las diferencias raciales en lo corporal. No niego la influencia de la herencia en la transmisión de peculiaridades mentales, del mismo modo y quizás en el mismo grado en que se transmiten las peculiaridades corporales. Sin embargo, me parece que hay un patrón común y unas proporciones naturales de la mente, como los hay del cuerpo, hacia los cuales todas las desviaciones tienden a regresar. Las circunstancias en que nos encontramos, pueden producir deformaciones, como las producen los «cabezas chatas*» comprimiendo el cráneo de sus hijos o los chinos vendando los pies de sus hijas. Pero, asi como los niños «cabezas chatas», siguen naciendo con cabeza de forma natural y las niñas chinas con los pies normalmente proproporcionados, también la naturaleza parece volver al tipo mental normal. El niño no hereda el saber de su padre, más de lo que hereda el ojo de cristal o la pierna artificial del mismo; el hijo de los padres más ignorantes puede llegar a ser un promotor de la ciencia o un guía del pensamiento.

Las diferencias entre la gente de colectividades de distintos lugares y tiempos, que llamamos diferencias de civilización, son inherentes no al individuo, sino a la sociedad. Resultan, no de diferencias en las unidades, sino de las condiciones en que estas unidades se incorporan a la sociedad.

Importancia del Medio Ambiente Social

Considero que la explicación de las diferencias que distinguen las colectividades es ésta: que cada sociedad, grande o pequeña, teje necesariamente para sí misma una red de saber, creencias, costumbres, lenguaje, gustos, instituciones y leyes. En esta red tejida por cada sociedad (o mejor en estas redes, pues cada colectividad superior a la más sencilla está compuesta de colectividades menores que se superponen y enlazan entre sí), el individuo es recibido al nacer y sigue en ella hasta su muerte. Esta es la matriz en que la mente se desenvuelve y cuyo sello toma. Así es como se desarrollan y perpetúan las costumbres, religiones, prejuicios, gustos y lenguajes. Así es como se transmite la habilidad y se acumula el saber y como los descubrimientos de una época forman la provisión común y el peldaño para la siguiente. Esto, aunque, con frecuencia opone al progreso los más serios obstáculos, es lo que lo hace posible. Es lo que hoy permite a cualquier chico de la escuela aprender en pocas horas más cosas del universo que las conocidas por Ptolomeo* y sitúa al más torpe hombre de ciencia muy por encima del nivel alcanzado por la gigantesca inteligencia de Aristóteles.*’ Esto es para la raza lo que la memoria es para el individuo. Nuestras artes admirables, nuestras trascendental ciencia, nuestros maravillos inventos, nos han venido de esta manera.

El progreso humano avanza a medida que los adelantos hechos por una generación quedan así asegurados como propiedad común de la siguiente y sirven de punto de partida para otros nuevos adelantos.

El Poder Mental, Motor del Progreso

¿Cuál es, pues, la ley del progreso humano, la ley que ha de explicar clara y terminantemente por qué, aunque probablemente la humanidad comenzó con las mismas facultades y al mismo tiempo, existen ahora tan grandes diferencias en el desarrollo social? No es difícil descubrir esta ley. No pretendo darle precisión científica, sino sólo indicarla.

Los incentivos para el progreso son los deseos inherentes a la naturaleza humana, el deseo de satisfacer las necesidades de índole animal, las de índole intelectual, y las de índole efectiva; el deseo de ser, saber y hacer, deseos que, aun sin ser infinitos, nunca pueden quedar satisfechos, porque crecen a medida que se satisfacen.

La mente es el instrumento con el cual el hombre avanza y con el cual cada avance queda asegurado y convertido en punto de apoyo para nuevos adelantos. Por esto el poder mental es el motor del progreso, y el hombre tiende a avanzar en proporción al poder mental que se aplique a progresar, que se dedique a aumentar el saber, perfeccionar los métodos y mejorar las condiciones sociales.

El trabajo que un hombre puede hacer con su inteligencia tiene un límite, como lo tiene el que puede hacer con su cuerpo; por esto, el poder mental que se puede destinar al progreso es solamente el que sobra después de gastar el exigido por finalidades no progresivas. Estos fines no progresivos, en los cuales se consume poder mental, pueden ser de mantenimiento y de conflicto. Entiendo por mantenimiento, no sólo el de la existencia, sino también el de la posición social y de los avances logrados. Entiendo por conflicto no sólo la guerra y sus preparativos, sino todo gasto de poder mental en la satisfacción del deseo a costa de los demás y en la resistencia a esta agresión.

Comparando la sociedad a un bote, su avance por el agua depende, no del esfuerzo de la tripulación, sino del esfuerzo dedicado a hacerlo avanzar. Este será disminuido por todo gasto de esfuerzo en achicar agua, en luchar los tripulantes entre sí o en bogar en diferentes direcciones.

Requisitos del Progreso

En la soledad, mantener la existencia exige todos los poderes del hombre. El poder mental para aplicaciones más elevadas, sólo se pone en libertad por medio de la asociación de los hombres en colectividades, la cual permite la división del trabajo y todas las economías resultantes de la colaboración de un mayor número. Por esto, la asociación es la primera condición esencial del progreso.

El perfeccionamiento es posible cuando los hombres se reúnen en asociación pacífica, y cuanto más extensa y unida sea ésta, mayores son las posibilidades de perfeccionamiento. Y como el despilfarro de poder mental gastado en lucha será mayor o menor según que, respectivamente, se desatienda o reconozca la ley moral que da a todos una igualdad de derechos, por esto la equidad (o justicia) es la segunda condición esencial del progreso.

Por lo tanto, la asociación en equidad es la ley del progreso.

La asociación libera poder mental para gastarlo en mejorar, y la equidad (o justicia o libertad, pues estos términos significan aquí lo mismo, el reconocimiento de la ley moral) impide la disipación de este poder en luchas estériles

El hombre es social por naturaleza. No necesita que le apresen y domestiquen, para inducirle a vivir con sus semejantes. La extrema incapacidad con que entra en la vida y el largo período necesario para la madurez de sus facultades, requieren el lazo familiar; y éste, como podemos observar, es más extenso y, en toda su extensión, más fuerte entre los pueblos más rudos que entre los pueblos más cultos. Las primeras sociedades son familias, agrandadas hasta tribus, que conservan todavía un mutuo parentesco de consanguinidad, y hasta cuando han llegado a ser grandes naciones, todavía se atribuyen un origen común.

Los hombres tienden al progreso en cuanto se agrupan. Por la mutua colaboración aumentan el poder mental que se puede dedicar al perfeccionamiento, pero en cuanto se provoca el conflicto, o la asociación engendra la desigualdad de condición y poder, esta tendencia al progreso disminuye, se detiene y finalmente se transforma en retroceso.

Por qué Cayó Roma

Mucho entes que los godos o vándalos irrumpiesen a través del cordón de legiones, incluso mientras sus fronteras avanzaban, Roma llevaba la muerte en el corazón. Las grandes propiedades habían arruinado Italia. La desigualdad había secado la fuerza y destruido el vigor del mundo romano. El gobierno pasó a ser un despotismo que ni el asesinato podía moderar; el amor a la patria se convirtió en servilismo; se alardeaba públicamente de los vicios más inmundos; la literatura cayó en puerilidades; se olvidó el saber; comarcas fértiles, sin los estragos de la guerra, quedaron desiertas; por todas partes, la desigualdad produjo la decadencia política, mental, moral y material. La barbarie que arrolló a Roma no vino de afuera, sino de adentro. Era la obligada consecuencia de un sistema que había substituido los pequeños hacendados de Italia por esclavos y colonos* y había parcelado las provincias en grandes fincas para las familias del Senado.

El Fundamento de la Civilización

Yo ne sé tocar ningun instrumento
de cuerda; pero deciros cómo
de una aldehuela se hace una ciudad
grande y gloriosa. — Temístocles

En todos sus detalles, asi como en sus rasgos principales, el origen y crecimiento de la civilización europea demuestra cuán verdad es que el progreso avanza cuando la sociedad tiende a una asociación más compacta y a una mayor equidad. Civilización es colaboración. Unión y libertad son sus factores. El gran aumento de la asociación, no sólo por el desarrollo de colectividades mayores y más densas, sino por el aumento del comercio y múltiples cambios que mantienen unida cada una de ellas y las enlazan entre sí por separadas que estén; el desarrollo de la ley internacional y municipal; los avances en la seguridad personal y de la propiedad, en la libertad individual y hacia el gobierno democrático; los avances, en suma, hacia el reconocimiento de los iguales derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Esto es lo que ha hecho nuestra civilización moderna tanto más grande y elevada que cualquier anterior a ella. Es lo que, poniendo en libertad el poder mental, ha descorrido el velo de la ignorancia que ocultaba al saber humano todo el globo, excepto una pequeña porción del mismo, el poder mental que ha medido las órbitas de las esferas en revolución y nos hace ver la vida moverse y palpitar en una gota de agua; que nos ha abierto la antecámara de los misterios de la naturaleza y ha leído los secretos de un pasado enterrado hace mucho tiempo; que ha puesto a nuestro servicio fuerzas físicas a cuyo lado los esfuerzos humanos son exiguos, y que ha aumentado el poder productivo con miles de grandes inventos.

Reprobación de la Guerra y la Esclavitud

Con el espíritu de fatalismo que, como ya indiqué, impregna la literatura corriente, esta de moda hablar hasta de la guerra y la esclavitud como medios de progreso humano. Pero la guerra, que es lo contrario de la asociación, no puede ayudar al progreso, sino solamente cuando impide ulteriores guerras o derriba barreras antisociales que por si mismas son una guerra pasiva. En cuanto a la esclavitud, no creo que ninguna vez haya ayudado a establecer la libertad. Desde el más rudo estado en que cabe imaginar al hombre, la libertad, sinónimo de la equidad, ha sido el estímulo y la condición del progreso. la esclavitud nunca ha contribuido ni pudo contribuir al mejoramiento. Tanto si la sociedad consiste en un solo amo y un solo esclavo como si la forman miles de amos y millones de esclavos, la esclavitud trae consigo un despilfarro del poder humano; pues no sólo el trabajo esclavo es menos productivo que el trabajo libre, sino que el poder de los amos se malgasta en retener y vigilar a sus esclavos, desviándose de las direcciones en que está el verdadero progreso. En todos sus aspectos, la esclavitud, como toda otra negación de la igualdad natural de los hombres, ha estorbado e impedido el progreso. En la misma proporción en que la esclavitud desempeña un papel importante en la organización social, el progreso se detiene. Que la esclavitud fuese universal en el mundo clásico es, sin duda, la razón por la cual la actividad mental que tanto pulió la literatura y refinó al arte, nunca acertó a hacer ninguno de los grandes descubrimientos e inventos que distinguen la moderna civilización. En una colectividad esclavista, las clases altas pueden adquirir lujo y refinamiento, pero nunca inventiva. Todo lo que degrada al trabajador y le roba los frutos de su fatiga, sofoca el espíritu de invención e impide utilizar los inventos y descubrimientos, aun cuando se hayan hecho.

Sólo a la libertad le es dado el hechizo que subyuga a los genios mágicos, custodios de los tesoros de la tierra y de las fuerzas invisibles del aire la ley del progreso humano, ¿qué es sino la ley moral? En cuanto la organización social promueve la justicia, reconoce la igualdad de derechos entre los hombres y asegura a todos la perfecta libertad que sólo está limitada por la igual libertad de los demás, la civilización ha de progresar. En cuanto deja de actuar así la civilización que avanza, se estanca y retrocede.