Capitulo 12. La llanura ilimitada
Si bien el crecimiento de población aumenta la renta por disminuir el margen de cultivo, es un error considerar esto como la única manera por la cual la renta sube a medida que la población aumenta.
El aumento de población eleva la renta independientemente de las cualidades naturales de la tierra, porque el mayor poder de colaboración y cambio, que resulta del aumento de población, eleva la capacidad productiva de la tierra.
El aumento de poder que resulta del aumento de población, origina un mayor poder del trabajo localizado en la tierra, no del trabajo en general, sino sólo del trabajo efectuado en una clase de tierra, y este poder se adhiere a la tierra del mismo modo que cualquier otra cualidad del suelo, el clima, el contenido mineral o la situación natural, y se transmite, igual que estas cualidades, con la posesión de la tierra.
Un mejoramiento de los métodos de cultivo que, para una misma inversión, de dos cosechas al año en vez de una, o un perfeccionamiento de las herramientas y maquinarias que duplique el resultado del trabajo en una especial parcela de terreno, evidentemente tendrá sobre el producto el mismo efecto que si se hubiese duplicado la fertilidad de la tierra.
Imaginemos ahora una llanura ilimitada, que se extiende en una continua igualdad de hierba y flores, árboles y arroyos, hasta cansar al viajero con su monotonía. Aparece la carreta del primer inmigrante. No sabe dónde establecerse, cada hectárea le parece tan buena como las demás. En cuanto al agua, la fertilidad, la situación, no hay preferencia posible y él se halla indeciso con la perplejidad de la abundancia. Cansado de buscar un lugar que sea mejor que los demás, se detiene en alguna parte, en cualquier sitio, y empieza a construirse una vivienda. El suelo es virgen y fértil, la caza abunda y los arroyos centellean con las mejores truchas. Aqui la naturaleza está en toda su magnificencia. El tiene lo que, si estuviese en un distrito populoso, le haría rico; no obstante, es muy pobre. Aun prescindiendo de la nostalgia que le haría dar la bienvenida al forastero más taciturno, él trabaja con todas las desventajas materiales de la soledad. No puede obtener auxilio temporal en ningún trabajo que requiera mayor suma de fuerzas que las que le proporcione su propia familia o el auxilio que pueda retener de un modo permanente. Aunque tiene ganado, no puede comer carne fresca a menudo, porque para tener un bistec tendría que matar un novillo. Ha de ser su propio herrero, carretero, carpintero y remendón, en una palabra, aprendiz de todo y maestro en nada. No puede llevar sus hijos a la escuela; para eso tendría que pagar y mantener a un maestro. Las cosas que él mismo no puede hacer, ha de comprarlas al por mayor y tenerlas a mano, o si no, pasarse sin ellas, pues no puede dejar a cada momento su trabajo y hacer un largo viaje hasta los confines de la civilización; y cuando se ve forzado a hacerlo, adquirir una medicina o reemplazar una barrena rota puede costarle el trabajo propio y de sus caballos durante varios días. En estas circunstancias, aunque la naturaleza sea fecunda, el hombre es pobre. Le es fácil obtener comida suficiente, pero, fuera de esto, su trabajo bastará sólo para satisfacer del modo más rudimentario las exigencias más sencillas.
Pronto aparece otro inmigrante. Aunque cada sitio de la interminable llanura es tan bueno como todos los demás, ninguna duda le asalta respecto a dónde establecerse. Aunque la tierra es la misma, hay un lugar que para él es claramente mejor que cualquier otro, y es donde ya hay un colono y podrá tener un vecino. Se establece al lado del primer inmigrante, cuya situación mejora de súbito notablemente y al cual ahora le son posibles muchas cosas que antes no lo eran, pues dos hombres pueden prestarse mutuo auxilio para tareas que uno solo nunca podría realizar.
Los Beneficios de la Asociación
Otro inmigrante llega y, guiado por la misma atracción, se establece donde ya hay dos. Luego otro y otro, hasta que alrededor del primero hay ya un grupo de vecinos. El trabajo tiene ahora una eficacia a la que, en la soledad, ni podía aproximarse. Si hay que hacer un trabajo pesado, los colonos se reúnen y juntos hacen en un día lo que a solas exigiría años. Cuando uno mata un ternero, los otros toman una parte que devuelven cuando matan ellos, y así todos tienen siempre carne fresca. Juntos contratan un maestro, y los niños de cada uno aprenden por una fracción de lo que una enseñanza parecida hubiera costado al primer colono. Resulta relativamente fácil enviar a la ciudad más próxima, porque siempre va alguien. Pero hay menos necesidad de estos viajes. Pronto un herrero y un carretero instalan sus talleres y nuestro colono puede reparar sus aperos por una pequeña parte del trabajo que antes le costaba. Se abre una tienda, y cada cual puede, tener lo necesario cuando le hace falta; el correo, luego establecido, le pone en comunicación con el resto del mundo. Vienen después un zapatero, un carpintero, un guarnicionero, un médico; y al poco tiempo se levanta una pequeña Iglesia. Satisfacciones imposibles en la soledad, se hacen posibles. Se satisfacen gustos de índole social e intelectual, para la facultad del hombre que lo eleva por encima de las bestias. El poder de la simpatía, el sentimiento de compañerismo, la emulación por comparación y contraste, ofrecen una vida más amplia, más plena y más variada.
Id ahora a nuestro primer colono y decidle: «Tenéis tantos frutales que habéis plantado; tantas vallas, un pozo, un granero, una casa, en resumen, con vuestro trabajo habéis añadido un valor a este campo. Vuestra tierra no es ni de mucho tan buena como era. Le habéis sacado cosechas y poco a poco se os hará necesario abonarla. Os doy todo el valor de vuestras mejoras si me la dais y con vuestra familia os vais otra vez más allá del limite de la colonia.» Se reirá de vosotros. Su tierra no rinde más trigo o patatas que antes, pero produce mucho más de todas las necesidades y comodidades de la vida. Su trabajo sobre ella no dará mayores cosechas ni, supongamos, cosechas más valiosas, pero dará mucho más de las otras cosas por las que el hombre trabaja. La presencia de otros colonos, el aumento de la población, ha aumentado la productividad, en estas cosas, del trabajo efectuado sobre ella y este aumento de productividad hace esta tierra superior a la de igual calidad natural en la que todavía no hay colonos.
La Colonia se Convierte en Ciudad
La población continúa en aumento y a medida de éste aumentan las economías que el crecimiento permite y que en efecto se suman a la productividad de la tierra. Como que la tierra de nuestro primer colono es el centro de la población, la tienda, la fragua del herrero, el taller del carretero, se establecen en ella o junto a ella, donde pronto se levanta una aldea, que se convierte con rapidez en una villa, centro de cambios para los habitantes de toda la comarca. Con una fertilidad no mayor que la primitiva, esta tierra empieza a adquirir un poder productivo de tipo superior. Al trabajo invertido en cosechar maíz, trigo o patatas, no rendirá más de estas cosas que al principio. Pero al trabajo invertido en las ramas subdivididas de la producción, que requieren la proximidad de otros productores y especialmente al trabajo ocupado en la última parte de la producción, que es la distribución comercial, les dará recompensas mucho mayores. El cultivador de trigo puede ir más lejos y hallar tierra en la que su trabajo producirá tanto trigo y casi tanta riqueza. Pero el artesano, el manufacturero, el almacenista, el hombre de carrera, hallan que su trabajo empleado allí, en el centro comercial, les da mucho más que si lo invirtieran a cierta distancia, aun pequeña, de allí; y este exceso de productividad para estos fines, lo puede reclamar el propietario de la tierra, como podría reclamar el exceso de productividad de trigo. Y así, nuestro colono puede vender como solares unas pocas hectáreas, a precios que no sacaría por tierras trigueras, aunque su fertilidad se hubiese multiplicado muchas veces. Por este procedimiento se construye para sí una buena casa y la amuebla con elegancia. Es decir, reduciendo la transacción a sus términos más sencillos, la gente que desea usar la tierra le construye y amuebla una casa, a condición de que les deje aprovecharse de la superior productividad que el aumento de población ha dado a su tierra.
La población sigue aumentando, dando cada vez mayor utilidad a la tierra y más y más riqueza a su dueño. La villa se ha convertido en una ciudad, un San Luis*, un Chicago* o un San Francisco* y sigue creciendo. La producción se efectúa ahora en gran escala, con la mejor maquinaria y las mayores facilidades; la división del trabajo se vuelve en extremo minuciosa, multiplicando maravillosamente su eficacia; los cambios son de tanta magnitud y rapidez que se hacen con el mínimo de rozamientos y pérdidas. Aquí está el corazón, el cerebro del vasto organismo social que ha brotado del germen de la primitiva colonia; aquí se ha desarrollado uno de los grandes ganglios del mundo de los hombres. Aquí vienen todos los caminos, aquí afluyen todas las corrientes, a través de las vastas regiones del alrededor. Si tenéis algo que vender, aquí está el mercado; si tenéis que comprar algo, aquí está el surtido mayor y más selecto. Aquí la actividad intelectual está concentrada en un foco y aquí brota el estímulo que nace del choque de las ideas. Aquí están las grandes bibliotecas, depósito y granero del saber, los sabios profesores, los especialistas famosos. Aquí están los museos y galerías de arte y todas las cosas raras y valiosas, las mejores de su clase. Aquí vienen grandes actores, oradores y cantantes de todas las partes del mundo. Aquí, en fin, hay un centro de la vida humana en todas sus diversas manifestaciones.
Tan enormes son las ventajas que esta tierra ofrece ahora para la aplicación del trabajo, que, en vez de un hombre con un par de caballos desterronando hectáreas, se pueden contar miles de obreros por hectárea, trabajando en filas, en locales superpuestos, cinco, seis, siete y ocho pisos sobre el nivel del suelo, mientras bajo la superficie de la tierra palpitan máquinas con pulsaciones que ejercen la fuerza de miles de caballos.
Inmenso Aumento de Valores de la Tierra
Todas estas ventajas se adhieren a la tierra; es en esta tierra y no en otra donde se pueden aprovechar, porque aquí está el centro de población, el foco del comercio, el mercado y taller de las más altas formas de la actividad. Los poderes productivos que la densidad de población ha incorporado a esta tierra equivalen a multiplicar por cien o por mil su primitiva fertilidad. Y la renta, que mide la diferencia entre esta productividad adicional y la de la tierra menos productiva en uso, ha aumentado en la misma proporción. Nuestro colono o quienquiera que le haya sucedido en su derecho a la tierra, es ahora millonario. Cual otro Rip Van Winkle*, podía haber estado durmiendo; sin embargo, es rico, no por algo que haya hecho, sino por el aumento de la población. Hay solares de los que, por cada pie (1) de fachada, el propietario puede sacar más que lo que puede ganar un operario promedio; hay solares en venta por más de lo necesario pera empedrarlos con oro. En las calles principales se yerguen edificios de granito, mármol, hierro y cristal, acabados al estilo más costoso y repletos de todas las comodidades. Sin embargo, no valen tanto corno la tierra en que descansan, la misma tierra, en nada cambiada, que al llegar nuestro primer colono no valía absolutamente nada.
Que éste es el modo como el aumento de población actúa poderosamente elevando la renta, puede verlo por si mismo quienquiera que mire en torno suyo en un país progresivo. El proceso está avanzando ante sus mismos ojos.
La creciente diferencia de productividad de la tierra en uso, que origina un aumento creciente de la renta, no es debido tanto a que las exigencias de una población mayor obliguen a recurrir a tierra inferior, como a la mayor productividad que aumento de población de la tierra ya en uso.
Las tierras más valiosas del globo, las tierras que dan la renta más alta, no son tierras de superior fertilidad natural, sino tierras a las cuales el crecimiento de población ha dado una utilidad sobresaliente.
Recapitulemos: El efecto del aumento de población sobre la distribución de la riqueza es aumentar la renta y por consiguiente disminuir la proporción del producto que va al trabajo y al capital, de dos modos:
Primero: disminuyendo el margen de cultivo.
Segundo: descubriendo en la tierra especiales capacidades de otro modo latentes, y agregando capacidades especiales a determinadas tierras.
Me inclino a pensar que el último modo, al que los economistas han prestado poca atención, es en realidad el más importante.