Capitulo 06. Poblacion y Subsistencias (I)
La doctrina a la cual Malthus* (1) dio su nombre afirma que la población tiende naturalmente a aumentar más aprisa que las subsistencias. El la formuló afirmando que, según el crecimiento de las colonias en Nortamérica demostraba, la natural tendencia de la población es de duplicarse cada veinticinco años por lo menos, aumentando asi en progresión geométrica, mientras que «el sustento humano que la tierra da… en las circunstancias más favorables a la labor humana productora, no se podría aumentar más aprisa que en progresión aritmética», esto es, «aumentándola cada veinticinco años en una cantidad igual a la que ella (la tierra) produce actualmente».
«Los efectos obligados de estos diferentes tipos de aumento, al combinarse — prosigue diciendo ingenuamente Malthus –, serán muy sorprendentes». Y en el capítulo 1 los combina así: «Cifremos en once millones la población de esta isla; y supongamos que la actual producción satisface el adecuado sustento de este número. Dentro de los primeros veinticinco años, la población sería de veintidos millones y habiéndose también duplicado los alimentos, los medios de subsistencia corresponderán a aquel aumento. Pasados otros veinticinco años, la población sería de cuarenta y cuatro millones y los medios de subsistencia sólo llegarían al sustento de treinta y tres millones. En el período siguiente la población alcanzaría ochenta y ocho millones y los medios de subsistencia podrían sustentar sólo la mitad de esta cifra. Y al final del primer siglo, la población sería de ciento setenta y seis millones y las subsistencias las de cincuenta y cinco; dejando una población de ciento veintiún millones completamente desprovista. Tomando, en vez de esta isla, toda la tierra, la emigración quedaría, naturalmente, excluida; y suponiendo que la actual población es de mil millones, la especie humana aumentaría según la serie 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256….: y la subsistencia según la serie 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9… En dos siglos, la población sería, respecto a los medios de subsistencia, como 256 es a 9; en tres siglos, como 4096 es a 13 y en dos mil años la desproporción sería casi incalculable.»
El propósito de Malthus fue justificar
la desigualdad existente, haciendo responsables
de ella las leyes del Creador en vez de las
instituciones humanas.
Naturalmente, el hecho material de que no puede existir más gente que la que puede hallar sustento impide este resultado, y por esto, la conclusión de Malthus es que esta tendencia de la población a crecer indefinidamente se ha de refrenar o bien por la restricción moral del poder reproductivo o bien por las diversas causas que aumentan la mortalidad y que él resume en el vicio y la miseria. A las causas que impiden la procreación las llama freno preventivo; a las que aumentan la mortalidad, freno positivo.
No vale la pena de insistir en la falsedad que implica el afirmar los aumentos en progresión geométrica y aritmética. Pues esta afirmación no es necesaria para la doctrina malthusiana, cuya esencia consiste en que la población tiende a aumentar más aprisa que la capacidad de abastecimiento alimenticio. Así, pues, la doctrina puede presentarse en su forma más fuerte y menos discutible, a saber: que, tendiendo la población a aumentar constantemente, si no se restringe, ha de ejercer al fin una presión contra el límite de las subsistencias, no como contra una barrera fija, sino como contra una barrera elástica y que esto hace progresivamente cada día más difícil la adquisición del sustento. Asì, pues, donde quiera que la reproducción ha tenido tiempo de asegurar su poder y no la frena la prudencia, ha de haber el grado de penuria que mantenga la población dentro de los límites de las subsistencias.
Inferencias de los Hechos
Respaldada, al parecer, por una indiscutible verdad aritmética (que una, población que aumenta sin parar, algún día ha de sobrepasar la capacidad mundial de suministrar comida o incluso espacio ocupable), la teoría malthusiana es apoyada por analogías en los reinos animal y vegetal, en los cuales se despilfarra vida en el choque contra las barreras que refrenan sus diversas especies. Aparentemente, la comprueban muchos hechos evidentes, tales como la miseria, el vicio y el infortunio que prevalecen en medio de las poblaciones densas, el efecto general del progreso material, que aumenta la población sin aliviar el pauperismo, el rápido crecimiento demográfico en los paises recién colonizados y el evidente retardo de dicho crecimiento en los densamente poblados, debido a la mortalidad en las clases condenadas a la escasez.
La teoría malthusiana aporta un principio general que tiene en cuenta aquellos hechos y otros semejantes y los explica de acuerdo con la doctrina de que los salarios proceden del capital y con todos los principios que de ésta se derivan. Según esta teoría, los salarios bajan cuando el aumento del número de trabajadores exige una mayor repartición del capital. Según la teoría malthusiana, la pobreza aparece cuando el aumento de la población exige una mayor repartición de las subsistencias. Basta identificar el capital con las subsistencias y el número de trabajadores con la población, para hacer ambas teorías tan idénticas en la forma como lo son en el fondo.
Ricardo aportó a esta teoría un apoyo adicional al llamar la atención sobre el hecho de que la renta de la tierra aumentaría a medida que las nacesidades de una población creciente obligasen a cultivar tierras cada vez menos productivas o puntos cada vez menos productivos de las mismas tierras, explicando así el aumento de la renta. De esta manera se vino a formar como una triple unión por la cual la teoría malthusiana se afianza por ambos lados. En este conjunto, la previa doctrina del salario y la ulterior doctrina de la renta aparecen como ejemplos especiales de la acción del principio que lleva el nombre de Malthus, puesto que la baja de los salarios y la subida de la renta, resultantes del aumento de población, no son sino muestras de la presión de la población sobre las subsistencias.
Como la teoría de los salarios en que se apoya y que a su vez apoya, la teoría malthusiana armoniza con ideas que, por lo menos en los paises viejos, suelen prevalecer entre la clase obrera. Para el artesano o el operario, la causa de los salarios bajos y de la falta de empleo es, sin duda, la competencia debida a la presión del número; y, en las angostas moradas de la pobreza, ¿qué parece más claro que el haber demasiada gente?
La Teoría Malthusiana Exculpa al Rico
Pero la gran causa del triunfo de esta teoría es que, en vez de amenazar derechos adquiridos u oponerse a intereses poderosos, es altamente tranquilizadora y confortante para las clases que, ejerciendo el poder de la riqueza, dominan extensamente las ideas. En una época en que los puntales del pasado se derrumbaban, vino en socorro de los privilegios particulares por los cuales unos pocos monopolizan tan gran parte de los bienes de este mundo; proclamaba una causa natural de la escasez y los sufrimientos que, si se atribuyen a instituciones políticas, deben desaprobar todo gobierno bajo el cual existen.
El «Ensayo sobre la población» fue abiertamente una réplica a la Investigación sobre la justicia política, de William Godwin*, obra que afirmaba el principio de la igualdad humana; y el propósito de Malthus fue justificar la desigualdad existente, haciendo responsables de ella las leyes del Creador en vez de las instituciones humanas. Nada nuevo hubo en esto, ya que, unos cuarenta años antes, Wallace* había alegado el peligro de una excesiva procreación, como respuesta a las exigencias de la justicia en favor de una distribución equitativa de la riqueza. Pero las circunstancias de la época eran a propósito para hacer la misma idea, al aducirla Malthus, singularmente agradable a una clase poderosa que frente a todo examen de la situación reinante, sentía el gran temor provocado por el estallido de la Revolución Francesa.
Alega que la Pobreza es Inevitable
Ahora, igual que entonces, la teoría malthusiana esquiva la petición de reformas y frente a dudas o escrúpulos, ampara el egoísmo al interponer la idea de una fatalidad inevitable. Pues, según esta teoría, la pobreza, la escasez y el hambre no son imputables a la codicia personal o a desarreglos sociales; son los inevitables resultados de leyes universales, y luchar contra éstas sería, si no impío, tan inútil como luchar contra la ley de la gravedad. Y de este modo las reformas que afectarían a los intereses de cualquier clase poderosa se desalientan por inútiles. Puesto que la ley moral prohíbe anticipar los métodos por los cuales la ley natural se libra del exceso de población y reprime así una tendencia capaz de atestar de hombres el mundo, como sardinas en barril, nada puede realmente hacer el esfuerzo individual o colectivo para extirpar la pobreza, salvo confiar en la eficacia de la educación y exhortar a la prudencia.
En una u otra forma, la teoría malthusiana ha hallado entre los intelectuales un apoyo casi universal y en la mejor literatura, así como en la más corriente, se la ve asomar en todas direcciones. La apoyan economistas y estadistas, historiadores y naturalistas, congresos de sociología y sindicatos obreros, eclesiásticos y materialistas, conservadores de la más severa doctrina y los radicales más radicales. La aceptan y hasta la defienden habitualmente muchos que nunca oyeron hablar de Malthus y que no tienen la menor idea de lo que es su teoría.
Hechos Contrarios a la Teoría de Malthus
La mayor parte del Ensayo sobre la población se ocupa en lo que en realidad es una refutación de la teoría expuesta en el libro, porque al revisar Malthus lo que llama freno positivo de la población, demuestra simplemente que los resultados que atribuye a la superpoblación, derivan en realidad de otras causas. De todos los casos citados en que el vicio y la miseria frenan el aumento, limitando los matrimonios o acortando la vida humana (y casi todo el globo se omitió en el examen), no hay ni un solo caso en que el vicio y la miseria se puedan explicar por un efectivo aumento del número de bocas respecto al poder de las correspondientes manos para alimentarlas; pero en todos los casos el vicio y la miseria se muestran procedentes, ya de la ignorancia y capacidad antisociales, ya del mal gobierno, leyes injustas o guerras destructoras.
Ni lo que Malthus dejó de mostrar, lo ha mostrado nadie después. Se puede inspeccionar el mundo y revisar la historia en vano, buscando algún ejemplo de un país importante en el cual la pobreza y la necesidad puedan ser atribuidas con justicia a la presión de una población creciente. Cualesquiera que sean los posibles peligros del poder procreador, todavía no han aparecido en ninguna parte. Cualquiera que sea algún día, aún no ha sido nunca éste el mal que ha afligido a la humanidad. ¡La población tendiendo a sobrepasar el limite de la subsistencia! ¿Cómo es, pues, que nuestro globo, después de tantos millones de años de haber hombres en él, está aún tan poco poblado? ¿Cómo es, pues, que tantas de las colmenas de la vida humana están hoy desiertas, que la maleza cubre campos antaño cultivados y las fieras lamen sus cachorros donde un día hubo concurridos albergues humanos?
En cuanto al Africa, no hay duda. El Africa del Norte apenas contiene una parte de la población que tenía en la antigüedad; el valle del Nilo tuvo un día una población enormemente mayor que la actual, mientras que al sur del Sahara nada prueba un aumento en tiempos históricos y el tráfico de esclavos ciertamente ha causado una extensa despoblación.
El malthusianismo predica una ley universal: que la tendencia de la población es sobrepasar las subsistencias. Donde quiera que la población ha alcanzado cierta densidad, esta ley, si existiese, debería resultar tan evidente como cualquier otra de las grandes leyes naturales que en todas partes han sido reconocidas. ¿Cómo es, pues, que ni en las creencias y códigos clásicos, ni en los de los hebreos, los egipcios, los indúes, los chinos, ni de ninguno de los pueblos que han vivido en densa asociación y han elaborado credos y códigos, encontramos ningún precepto para la práctica de las prudentes restricciones de Malthus? Por el contrario, la sabiduría de los siglos, las religiones del mundo, siempre han inculcado deberes cívicos y religiosos que son todo lo contrario.
Pero prosigamos hacia un estudio más detallado. Afirmo que los casos comúnmente citados como ejemplos de superpoblación no resisten un examen.
La Pobreza en la India
En la India, desde tiempo inmemoral, las exacciones y opresiones han llevado las clases trabajadoras a una situación de impotente y desesperada degradación. Por siglos y siglos, el cultivador del suelo se ha considerado feliz si la extorsión por la fuerza le ha dejado de su producto lo suficiente para sostener la vida y proveerse de semilla. El capital no podía acumularse con seguridad en ninguna parte ni usarse en cantidad de alguna importancia para ayudar a la producción. Toda la riqueza que se podía exprimir del pueblo estaba en poder de príncipes (o de sus administradores favoritos), Poco mejores que capitanes de bandidos aposentados en el país, y era derrochado en un lujo inútil o peor que inútil, mientras la religión, sumergida en una superstición complicada y terrible, tiranizaba la inteligencia como la fuerza física los cuerpos de los hombres. En estas condiciones, las únicas artes que podían progresar eran las que servían a la ostentación y el lujo de los grandes. Los elefantes del rajá* resplandecían de oro primorosamente labrado y los parasoles blancos que simbolizaban su regio poder brillaban de piedras preciosas; pero el arado para el centeno no era más que un palo aguzado. Las damas del harem del rajá se envolvían en muselinas tan finas que tenían por nombre «viento tejido», pero las herramientas del artesano eran de lo más pobre y rudo y el comercio casi no podía hacerse sino clandestinamente.
Hambres Debidas a Corrupción Gubernamental
El Rdo. William Tennant*, capellán al servicio de la Compañía de las Indias Orientales*, escribiendo en 1796, dos años antes de la publicación del Ensayo sobre la población, dice en su Indian Recreations, tomo 1, sección treinta y nueve: «Al pensar en la gran fertilidad del Hindustán, pasma considerar la frecuencia del hambre. Evidentemente no es debida a la esterilidad del suelo ni al clima; el origen del mal ha de buscarse en alguna causa política y no hace falta gran penetración para descubrirla en la avaricia y la extorsión de los diversos gobiernos. El gran acicate de la producción, la seguridad, no existe. Por esto nadie cultiva más grano que el estrictamente preciso para sí, y la primera temporada desfavorable origina el hambre.
«El gobierno del Mogol* en ningún período ha ofrecido completa seguridad al príncipe, menos aún a sus vasallos; y ni la más exigua protección a los campesinos. Era un tejido continuo de violencias e insurrección, perfidia y castigos, en el cual ni el comercio ni las artes podían prosperar, ni la agricultura tomar una apariencia en método. Su caída dio lugar a una situación aún más aflictiva, ya que la anarquía es peor que el desgobierno. Las naciones europeas no tuvieron el mérito de derribar el gobierno mahometano, aun siendo éste tan vil. Cayó bajo el peso de su propia corrupción y ya lo habían sustituido las múltiples tiranías de jefezuelos, cuyo derecho a gobernar consistía en su traición al Estado y cuyas exacciones sobre los aldeanos eran tan ilimitadas como su avaricia. Las rentas del gobierno eran y, donde los nativos gobiernan, son todavía recaudadas dos veces al año por bandidos despiadados, bajo la apariencia de un ejército que destruye sin freno o se lleva cualquier parte del producto que satisfaga su capricho o sacie su codicia, después de haber perseguido a los desdichados campesinos desde las aldeas hasta los bosques. Todo intento de los labradores para defender sus personas o su propiedad dentro de los muros de tapia le sus aldeas sólo atrae la más señalada venganza sobre estos útiles, pero desventurados mortales. Se les cerca y ataca con mosquetería y cañones de campaña, hasta que la resistencia cesa, venden a los supervivientes y queman y arrasan sus casas. Por esto a menudo encontráis a los aldeanos, si el miedo les deja volver, recogiendo los esparcidos restos de lo que ayer era su vivienda; pero más a menudo se ven humear las ruinas, después de una segunda visita de esta clase, sin la presencia de un ser humano que turbe el espantoso silencio de la desolación. Esta descripción no solamente se refiere a los jefes mahometanos; es igualmente aplicable a los rajaes en los distritos gobernados por hindúes.»
Primer Régimen Inglés en la India
A esta cruel rapiña que engendraría miseria y hambre aunque la población fuese tan sólo de un habitante por milla cuadrada y el país un Paraíso Terrenal, sucedió, en la primera época del gobierno inglés, una rapiña igualmente cruel, protegida por un poder mucho más irresistible. En su ensayo sobre Lord Clive*, dice Macaulay*: «Enormes fortunas se acumularon rápidamente en Calcuta, mientras treinta millones de seres humanos eran reducidos a la extrema miseria. Estaban acostumbrados a vivir bajo la tiranía, pero nunca bajo una tiranía como ésta. Encontraron el dedo meñique de la Compañía más pesado que las ijadas de Surajah Dowlah* … Parecía el gobierno de maléficos genios más que el de hombres tiránicos … A veces se sometían con paciente sufrimiento. A veces huían del hombre blanco, como sus padres solían huir del mahratta*; y a menudo el palanquín del viajero inglés atravesaba silenciosas aldeas y lugares, que, a la noticia de su proximidad, quedaban despoblados.»
Sobre los horrores que, de esta manera, Macaulay solamente esboza, la brillante elocuencia de Burke* arroja una luz más viva: distritos enteros entregados a la avidez desenfrenada de lo peor de la humanidad; míseros labriegos perversamente torturados para arrancarles sus exiguos ahorros, y regiones otrora populosas convertidas en desiertos.
Persistencia del Hambre
Pero habiéndose puesto coto al desenfrenado libertinaje del primitivo régimen inglés, la mano fuerte de Inglaterra dio a toda aquella vasta población una paz más que romana. Se aplicaron los principios de la ley inglesa con un complicado sistema de códigos y funcionarios encargados de asegurar al más humilde de aquellas gente los derechos de los libres ciudadanos anglosajones. Los ferrocarriles cruzaron toda la península y se construyeron grandes obras de riego. Sin embargo, cada vez más a menudo, hambre tras hambre se ensañaban con mayor intensidad en territorios más vastos.
¿No es esto una demostración de la teoria malthusiana? ¿No demuestra que, por mucho que aumenten las posibilidades de subsistencia, la población continúa presionando sobre ella? ¿No demuestra, como defendía Malthus, que cerrar los rebosaderos de un exceso de población, no es sino obligar a la naturaleza a abrir otros nuevos y que, de no frenar las fuerzas procreadoras con una regulación prudencial, la alternativa de la guerra es el hambre? Esta ha sido la explicación ortodoxa. Pero la verdad es que estas hambres no son más debidas a la presión de la población sobre los limites naturales de la subsistencia, que lo fue la desolación del Carnatic* cuando en él los jinetes de Hyder Ali* irrumpieron en torbellino destructor.
Sólo el más superficial de los criterios puede atribuir la escasez y el hambre a la presión de la población sobre la capacidad del país para producir subsistencias. Si los cultivadores pudiesen conservar su pequeño capital, renacería la actividad, adoptando formas más productivas y sin duda bastaría para mantener una población mucho mayor. Hay todavía en la India vastas superficies incultas, grandes recursos minerales intactos y lo cierto es que la población de la India no alcanza, ni en tiempos históricos ha alcanzado el limite real del suelo para proporcionar sustento, ni siquiera el punto en que este poder empieza a declinar con las crecientes extracciones efectuadas en aquél. La verdadera causa de la miseria en la India ha sido y es todavía la rapacidad del hombre, no la mezquindad de la naturaleza.
(1) Thomas Robert Malthus, M. A. (1766): «Ensayo sobre el principio de la población, o examen de sus efectos pasados y presentes sobre la felicidad humana con una investigación de nuestras perspectivas respecto a la futura supresión o alivio de los males que ocasiona.» (1796).