Capitulo 03. Salarios y Capital

La causa que origina la pobreza en medio de la creciente riqueza es, evidentemente, la causa que se manifiesta en la tendencia, reconocida en todas partes, de los salarios hacia un mínimo. Planteemos, pues, nuestra indagación en esta forma condensada:

¿Por qué, a pesar del aumento del poder productivo, los salarios tienden a un mínimo que sólo permite una mísera existencia?

La contestación clásica ha sido que los salarios dependen de la relación entre el número de trabajadores y la suma de capital dedicada a dar empleo al trabajo; y como el aumento del número de trabajadores tiende naturalmente a seguir y sobrepasar todo aumento de capital, los salarios tienden constantemente a la cantidad más baja con la cual aquéllos pueden vivir.

La afirmación que trataré de demostrar es: Que los salarios, en vez de proceder del capital, en realidad proceden del producto del trabajo por el cual son pagados.(1)

Como la teoría de que el capital suministra los salarios también afirma que el capital los recupera de la producción, a primera vista todo ello parece un distingo y no una diferencia. Pero, que es mucho más que una distinción formulista, se ve claramente al considerar que de la diferencia entre ambas afirmaciones se deducen doctrinas que, tenidas por axiomáticas, atan, dirigen y gobiernan las más capaces inteligencias, al discutir las cuestiones más importantes. Pues, sobre el supuesto de que los salarios salen del capital y no del producto del trabajo, se fundan, no sólo la doctrina de que los salarios dependen de la proporción entre el capital y el trabajo; sino también la doctrina de que la actividad productora está limitada por el capital, esto es, que se ha de acumular capital antes de emplear trabajo, y que no se puede emplear trabajo sino habiéndose acumulado capital; la doctrina de que todo aumento de capital da o puede dar más ocupación a la actividad productora; la doctrina de que la conversión del capital circulante en capital fijo disminuye el fondo aplicable a mantener el trabajo; la doctrina de que se puede emplear más obreros con salarios bajos que con salarios altos; la doctrina de que el capital aplicado a la agricultura mantendría más trabajadores que si se aplica a la industria; la doctrina de que los provechos son altos o bajos según que los salarios sean bajos o altos o de que aquéllos dependen del costo de la subsistencia de los trabajadores — en suma, todas las enseñanzas que, más o menos directamente, se fundan en el supuesto de que el trabajo es mantenido y pagado a expensas del capital existente, antes de obtenerse el producto que constituye la última finalidad.

Si se demuestra que esto es un error y que, por el contrario, el sustento y pago del trabajo no merma, ni de momento, el capital, sino que sale directamente del producto del trabajo, toda esta vasta superestructura queda sin apoyo y ha de caer. Del mismo modo han de caer las teorías populares que se fundan también en que, siendo fija la suma distribuible en salarios, la participación individual en éstos ha de disminuir forzosamente al aumentar el número de trabajadores.

Principios Comunes a Todas las Sociedades

La verdad fundamental, que en todo razonamiento de Economía se debe retener firmemente y nunca abandonar, es que la sociedad más desarrollada no es sino una ampliación de la sociedad en sus rudos comienzos. Los principios que, en las relaciones humanas más sencillas son evidentes, están solamente encubiertos, pero no abolidos o tergiversados por las relaciones más intrincadas que resultan de la división del trabajo y del uso de instrumentos y métodos más complejos. El molino de vapor con su complicada maquinaria dotada de los movimientos más diversos es sencillamente lo que en su día fue el tosco mortero de piedra excavada del antiguo lecho de un río: un instrumento para moler grano. Y todos los hombres empleados en aquél, ya sea que echen leña al hogar, dirijan la máquina, labren muelas, rotulen sacos, o lleven las cuentas, realmente están dedicando su trabajo al mismo propósito que el salvaje prehistórico tenía al utilizar su mortero: la preparación del grano para sustento del hombre.

Y así, si reducimos a sus términos más sencillos todas las complejas operaciones de la moderna producción, vemos que cada individuo que toma parte en esta red, infinitamente subdividida e intrincada, de la producción y el cambio, está realmente haciendo lo que hacía el hombre primitivo al trepar a los árboles para tomar su fruta o al seguir la marea baja en busca de mariscos: ejercer sus facultades para obtener de la naturaleza la satisfacción de sus deseos. Si recordamos esto con firmeza, si consideramos toda la producción de la sociedad como la colaboración de todos para satisfacer los deseos de cada uno, se ve claro que la recompensa que cada uno obtiene por su esfuerzo, en cuanto resulta de este esfuerzo, procede tan real y verdaderamente de la naturaleza como procedía la recompensa del primer hombre.

Por ejemplo: en el estado más sencillo que podemos concebir, cada hombre busca su propio cebo y atrapa su propio pescado. Pronto se ven claras las ventajas de la división del trabajo y uno busca cebo mientras otros pescan. Pero, evidentemente el que recoge cebo, en realidad hace tanto por la pesca como los que de hecho atrapan el pescado. De igual modo, cuando se ha descubierto cuán ventajosas son las canoas y en vez de ir todos a pescar, uno se queda en tierra haciéndolas y reparándolas, este constructor, en realidad, consagra su trabajo a la pesca tanto como los verdaderos pescadores, y el pescado con que él cena al regresar aquéllos es tan ciertamente el producto de su propio trabajo como el de ellos. Y asi, cuando la división del trabajo está bien establecida y en vez de intentar cada uno satisfacer todas sus necesidades recurriendo directamente a la naturaleza, uno pesca, otro caza, un tercero coge bayas, un cuarto recoge fruta, un quinto hace herramientas, un sexto construye chozas y un séptimo confecciona vestidos, cada uno, en la medida en que cambia el producto directo de su propio trabajo por el producto directo del trabajo de los demás, está realmente aplicando su propio trabajo a la producción de las cosas que usa. Está, en efecto, satisfaciendo sus deseos particulares por el ejercicio de sus facultades particulares; es decir, lo que él recibe, en realidad lo produce él.

Lo que el Salario Realmente Representa

Siguiendo estos principios, bien claros en un estado social sencillo, a través de las complejidades del estado que llamamos civilizado, veremos claramente que en todos los casos en que se cambia trabajo por mercancías, la producción es realmente anterior al disfrute. Veremos que los salarios son realmente las ganancias, esto es, las creaciones del trabajo, no los anticipos del capital, y que el trabajador que cobra su salario en dinero (acuñado o impreso, quizás, antes de que su trabajo comenzase) realmente cobra, a cambio de su trabajo ha añadido al acopio total de riqueza, una libranza contra este acopio, la cual puede él utilizar en cualquier clase especial de riqueza que mejor satisfaga sus deseos. Ni el dinero, que no es sino la libranza, ni la clase especial de riqueza que él pida por aquélla, representan anticipos del capital para su sustento; por el contrario, representa la riqueza o una porción de ella, que su trabajo ya ha añadido al acopio total.

Teniendo presentes estos principios, vemos que el delineante que en una oscura oficina de las riberas del Támesis*, dibuja los planos de una gran máquina marina, está en realidad consagrando su, trabajo a la producción de pan y carne tan ciertamente como si estuviera entrojando el trigo en California* o esgrimiendo el lazo en las pampas del Plata*. Está haciendo tan de veras sus propios vestidos como si estuviese trasquilando ovejas en Australia o tejiendo paño en Paisley*. El minero que en el corazón del alto Comstock* excava mineral de plata, realmente está, en virtud de miles de cambios, segando mieses abajo en los valles; pescando la ballena entre los hielos del Artico; arrancando hojas de tabaco en Virginia*; recolectando granos de café en Honduras*; cortando caña de azúcar en las islas Hawaii*; cosechando algodón en Georgia* o tejiéndolo en Manchester* o Lowell*; o haciendo para sus hijos curiosos juguetes de madera en los montes Harz*. Los salarios que cobra a fin de semana ¿qué son sino el certificado ante todo el mundo, de haber hecho él todas estas cosas; el primer cambio de una larga serie que transmuta su trabajo en las cosas por las cuales, en realidad, él ha estado trabajando?

(1) Hablamos del trabajo aplicado a la producción, al cual es preferible, para mayor sencillez, limitar la indagación. Mejor será, pues, aplazar cualquier duda que se presente al lector respecto a los salarios por servicios.